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martes, 15 de septiembre de 2020

Andrea Cruzado - Hambre (Serie: Cuento)

 



Lo supe durante el verano, tenía ciertas sospechas, pero los límites de mi moral no me permitían aceptarlas. La tarde del 18 de enero fui ingresada por emergencia al hospital de mi ciudad, de aquel día solo recuerdo los mareos y la sangre en mi almohada, eso le dije al médico – miento - también recuerdo el crujido en mi estómago, el hambre.


El hambre es una de las sensaciones que más disfruto, se antepone a mi ansiedad, la controla y controla al vacío que siento; el hambre llena mi pensamiento de cosas deliciosas, me pone a prueba, sabe de mis límites:

 

“No tienes hambre, tienes sed.

No tienes hambre, tienes sed.

No tienes hambre, tienes sed.

No tienes hambre, tienes sed.

No tienes hambre, tienes sed.

No tienes hambre, tienes sed.”

 

Aquello resonaba en mi cabeza hasta convertirse en una línea que me ingresaba a un coma instantáneo que, con fuerza y destello rompía el congestionamiento de comida y vómito que reproducía mi memoria.

 

Regreso a la realidad.


Rin me mira un poco inquieto, le devuelvo la mirada, le sonrío - para mí un filete de carne muy jugoso - le respondo, acertando la carta que ni siquiera había leído pero que sostenía fuerte y pegada a la cara. Le explico que debo usar los servicios, retrocedo la silla, siento que Rin me observa extraño, presiento que la cita se irá a la mierda - vamos, todo siempre se va a la mierda - pienso. Nuestro amor es un juego erróneo y perdido, mis derrotas nunca son dignas, siempre arrojo la mentira y el dolor contra mí misma. Me levanto, deslizo mis manos, plancho mi falda escocesa y me ausento.

 

Camino entre las mesas, el tramo se hace largo, y el baño se me hace lejano. Mientras esquivo las sillas de los comensales alzándose para salir; ciertas ideas cuerdas llegan a mí, conciencia le llaman, lo cierto es que, ni siquiera estaba segura de lo que iba a hacer. Llevaba conmigo una mochila negra de un material muy suave parecido a la textura del durazno, dentro de ella mucho papel y mucha agua. Adentro lo importante es no hacer ruido. De entre todas las mesas llenas de personas, mi mirada se topa con la de una mujer, me mira firme, profundo; ese encuentro me perturba y me complace, su interés extraño era una suerte de recompensa en este campo de concentración; pienso entonces, que aquella mujer sospecha de mis intenciones. Se levanta.

 

¿vendrá hacia mí? ¿sabe que me preparo? ¿desde cuándo me observa? ¿será que estoy nerviosa y se me nota? ¿será el qué?

 

Mi cuerpo se tulle y sólo atino a buscar a mi compañero entre las mesas, sin hallarlo, un pájaro revolotea fuerte en mis intestinos, mi mente se debilita, mi visión se nubla, sin dudarlo

salgo de aquel restaurante y un golpe certero de aire me devuelve a la vida.

 

Detengo el primer bus que pasa, subo.

 

Con suerte el carro arranca antes de que yo logre sentarme, e inicia el deporte violento de dejar al azar el movimiento de mi cuerpo que, al final de ese pasillo se sacude y se tumba en el último asiento. Volteo y miro a Rin alejarse, volverse pequeño, estático; aquella escena me conmueve más de lo que podría soportar, lloro, uso gafas, le tiro un beso.


sábado, 12 de septiembre de 2020

Pablo Moreno Valverde - Todo Por Ti (Serie: Cuento/Juvenil)





A mis grandes amigas

Todos salieron corriendo de las aulas del colegio. El grito vino desde el baño. Dos de mis mejores amigas estaban peleando. El auxiliar se dirigió con mucha prisa. Los gritos no paraban, cada vez eran más fuertes. Para sorpresa mía, entre tantas palabras que se decían una a la otra, escuché mi nombre.

  • Oíste eso, Flaco – me dijo Luis.

  • Están peleando por ti, aclaró.

Agaché la cabeza y no pronuncié ninguna palabra.

Desde lo alto pude ver cómo se las llevaban a la oficina del Director.

Recuerdo que hace una semana, Mariela me pidió que a la hora de salida lo acompañara hasta su casa. No me negué ya que aún era temprano para llegar hasta la mía. Caminamos casi seis cuadras y cuando estábamos por llegar, ella me dijo que tenía algo importante que decirme: entonces, decidimos voltear a la derecha con dirección a un parque. Yo notaba algo raro en ella, nunca vi ese tipo de comportamiento. No le di importancia. Nos sentamos en una de las bancas. Me miró muy seria. Yo reí al verla en esa actitud.

  • No te burles – me dijo.

  • Y yo, no lo estoy haciendo.

  • Escucha – increpó. Está bien – le dije.

  • Me cogió de la mano y balbuceó algo que no entendí

  • ¿Qué? Le dije.

  • ¿Qué dices?  Le repetí.

  • Estoy enamorada de ti.

  • Sí, estoy enamorada de ti.

  • Me repitió por segunda vez.

Me quedé sorprendido por unos minutos sin mencionar palabra alguna.

  • Me gustas mucho – volvió a decir.

  • Creo que estás confundida o equivocada conmigo – le respondí.

  • Ya pasará, es cuestión de tiempo o que lo pienses bien – afirmé.

  • Estoy segura de lo que siento, me gustas  hace mucho tiempo, solo que no te lo dije – enfatizó.

Me miró fijamente y derramó unas cuantas lágrimas.

Me sentí en una situación bochornosa y complicada.

Solo callé y volví a aclarar, - ya te pasará – y caminamos con dirección a su casa, los dos en silencio. Me despedí.

Ayer vi a Baly y me contó que estaba enamorada, pero que no se atrevía a decirlo porque, como era uno de sus mejores amigos, talvés lo iba a rechazar.

  • Tengo temor decirle que me gusta mucho – me dijo.

  • Solo dile, por ahí, también, tú le gustas y termine aceptándote – le respondí

  • Creo que debes buscar un intermediario, alguien que lo conozca, eso facilitaría las cosas – le aclaré.

  • Eso haré – me dijo.

Camino a la dirección, ellas seguían discutiendo, volví a escuchar mi nombre.

  • Tú sabías que me gustaba – le dijo Baly a Mariela

  • Por eso yo confié en ti para que lo dijeras; sin embargo, decidiste declararte – le volvió a mencionar enfáticamente.

Las dos entraron a la dirección, les esperaba el Director con la Psicóloga.

Nunca pensé que esto sucedería, ambas son importantes para mí, y solo las quiero como amigas.




Biografía del autor:

Pablo Moreno Valverde (Perú) Publicó algunos libros de poesía y cuento al final del siglo XX e inicios del XXI. Asimismo, sus poemas, cuentos, microcuentos, microrrelatos aparecen en periódicos, fondos de fotografía profesional, revistas de literatura y antologías peruanas mexicanas, colombianas, chilenas, españolas y francesas. Ha merecido algunos premios y reconocimientos en su país y en el vivos sus sueños e extranjero por su pasión a la escritura literaria. Actualmente sigue escribiendo en algún lugar del planeta Tierra, para mantener ideales.





miércoles, 9 de septiembre de 2020

Jhonatan Zapata/ Grieta (Serie: Fotorrelato)


 


La apertura a un lugar del cual provengo. Esa búsqueda de donde uno siente que es, la aproximación de la pertenencia. Es una carta cualquiera, un texto escrito por fuera, la extrañeza del yo por dentro. Extraño caminar por las aceras y creer que tengo un rumbo. Mis pasos son ajenos al viajante constante de la era antiviral. Cuando veo quien me espera, no deseo salir más. Cuál es el punto de volver, si soy una bomba nociva y tóxica, un peón abandonado en la puerta de un hospital. Conozco las encrucijadas y acampo para evitar escoger, pero tu voz me exige decidir porque sabes de mi debilidad al querer, cualquier cosa, pero querer. No sé si volver, madre, sea una opción posible. Cada segundo que respiro puede ser el último para quienes dejé en aquella habitación bélica. Todo lo escrito sobre la guerra es mentira porque nunca se habló del horror. No obstante, raíz de mi ser, tú esperas, con la fé de los abandonados, a que yo use mis bolsas de aire para poder abrazarme otra vez. Es por eso que te veo, por aquí, desde la grieta de la cotidianidad, por si recuerdas que morí.



Biografía:

Foto y relato de Jhonatan David Zapata Alfaro (Nació el 27 de diciembre de 1998. Estudiante de comunicación audiovisual que reside en Laredo, La Libertad).


martes, 8 de septiembre de 2020

Jhimer J. Monzón - El Frío Fusil de la Revolución. (Serie: Cuento)



Perdida entre los eucaliptos, caminaba sollozando una muchacha. Era tarde ya, porque la luz que dejaban pasar las fornidas ramas era muy poca. Ya no tenía más lágrimas que derramar ni santos a quienes rezar. Le dolían tanto los ojos como los pies, y el frio empezó a erizar la piel de su cara descubierta. Estaba bien arropada como le consejo su guía turístico, solo que en el ande, al anochecer, el frio se mete por cualquier lugarcito descubierto que encuentra y te llega hasta los huesos.

De seguro sus amigos la estarían buscando, entonces se cuestionó si era mejor seguir caminado o quedarse en donde estaba; intentó sentarse por un rato a esperar a sus buscadores, pero concluyó que era mejor caminar, al menos así el cuerpo se calentaba un poco y hacía más soportable el frio. Varias horas tuvieron que pasar para que la muchacha dejara atrás el bosque de eucaliptos.

Cuando prestó atención a su alrededor vio una llanura interminable. La luna le proporcionaba la suficiente luz como para no tropezar con las champas de barro y las piedras. Todo este tiempo caminaba en sentido contrario al que vino en el bus turístico; porque, cuando descendieron a ver la laguna, escucho decir al guía que aún faltaba mucho por llegar si quiera a la mitad del viaje; por lo tanto, le pareció más lógico y rápido, regresar los kilómetros recorridos por el bus.

Habían partido de Ayacucho, así que era allí donde quería llegar. Pero en verdad, caminaba deseando encontrar Lima, tenía la ilusión que después de la siguiente loma podría ver millares de luces amarillas, y autos avanzar a toda prisa por las anchas autopistas de la capital.

¿Quién carajos dio la idea de viajar a Ayacucho?, recordó que fue su profesor de 

Historia y geografía.

- Muy bien, alumnos, todas las promociones anteriores han viajado a distintos e interesantes lugares, pero yo sé que ustedes no son como todos los demás. Sé que les gusta la aventura y descubrir nuevas cosas. Hasta ahora en el colegio, ninguna promoción tuvo la idea de viajar al interior del Perú. ¿Acaso no conocen Miami? ¿Qué hay de nuevo en Roma? Chicos conozcan su país, vivimos en una tierra de incontable riqueza natural y cultural como para estar asombrándonos por pequeños destellos fuera del nuestro territorio”.

Desde luego que en el salón nadie le hizo caso, en vez de eso, cada uno pensaba en la renovación de su pasaporte, porque a veces el trámite demora un poco y nadie quería quedarse sin viajar.

El profesor, lejos de sentirse humillado, se presentó en la reunión de padres donde estaban organizando la fiesta y el viaje de promoción para sus hijos; ahí dio otro discurso más largo y emotivo que el anterior, dejando a los padres divididos al momento de decidir el destino del viaje.

- Sí quieren que sus hijos conozcan el Perú, llévenlos un verano a mi casa de campo en Chiclayo; pero no quieran malograr el viaje de promoción de mi hijo. 

Nosotros ya hemos conversado con sus tíos en Roma para que separe el hotel para todos - dijo una madre de familia en un tono muypreocupado.

- ¿El bisabuelo de tu hijo no fue presidente del Perú? No crees que, al menos por consideración a su apellido, tu hijo debe conocer un poco mejor el país que gobernó su abuelo” - respondió otro padre.

Después de otros minutos de intenso debate, los padres acordaron que la fiesta de promoción seria en Ayacucho, con un pequeño tour, y el viaje oficial a Roma. Los adolescentes aceptaron sin reclamar, ya que su profesor se pasó toda una tarde hablando de las maravillas y aventuras que podrían vivir en el sur peruano. Carla de la Serna no sabía en donde se encontraba esta ciudad; pero reconocía el nombre, por un famoso enfrentamiento bélico que allí se llevó a cabo por la independencia del Perú. 

Ahora, que estaba perdida, podía levantar la vista y mirar como la luna coronaba los cerros, de verdad era algo maravilloso, por un instante se sintió reconfortada. 

Se sentó en una piedra para observar el paisaje, aunque no había ningún poste de luz, la claridad de la noche era perfecta. Recordó a su profesor de historia y geografía, de seguro a este tipo de experiencias maravillosas fue a las que él se refería. Miles de estrellas brillando con un fondo azul oscuro celestial, no había ruidos, estaba todo en un total silencio, aun así, ya no sentía miedo, hasta se puede decir que sentía calma o paz. Se recostó en la grama y cerró los ojos.

II

- ¿Tas bien hijita? ¿Qui tea pasao? – escucho decir en medio de la oscuridad, sus ojos estaban adormecidos - ¿Tas bien? ¡Despierta!

Abrió los ojos inmediatamente, el tono azul oscuro del cielo ya no estaba más, ahora era un celeste sereno manchado de nubes muy blancas. Volteo la mirada a la derecha y pudo ver a una anciana parada a su costado, tenía una vara en la mano y un sombrero tan viejo que parecía de papel corrugado.

- Buen día señora, me llamo Carla. Ayer viene de paseo con mis compañeros de colegio, en medio del viaje bajamos un momento a ver una laguna, pero luego escuchamos una explosión, y alguien empezó a gritar, me di cuenta que era una de las madres que señalaba con la mano hacia un cerro. Por ahí bajaban corriendo unos encapuchados, tenían armas y algunos venían a caballo. Cuando comenzaron a disparar al aire me di cuenta que era real. Todos comenzamos a correr para subirnos al bus, pero me resbalé en un hueco y con la caída perdí la conciencia por un instante, cuando pude levantar la cabeza vi al guía y a mi profesor de rodillas frente al bus. Todos mis compañeros estaban adentro, aunque ni ellos ni los encapuchados se percataban que yo estaba tirada en un hueco cerca de la laguna. Debido a que todas mis amigas en el bus estaban llorando muy fuerte, no podía escuchar bien lo que decían los asaltantes, pero logre oír algo como: 

“Malditos blancos burgueses” y “Ayudantes del imperio yanqui”. Después de unos instantes, uno de ellos sacó un arma de su cintura y apuntó a mi profesor y luego de gritar: “Mueran los opresores”, le disparó en la cabeza – Mientras Carla habla, los recuerdos se hacían imágenes en su mente, y estos se volvían físicos a través de lágrimas - Quise llorar, pero no pude, solo me quedé inmóvil, y sentí como mi corazón se paralizó por un instante. El cerebro de mi profesor estaba esparcido por el suelo y una de las llantas de bus estaba manchada con su sangre. El griterío de mis compañeros fue mayor cuando los asesinos subieron al bus, yo aproveché ese momento para levantarme y correr. Creo que nadie me vio. No sé qué habrá pasado con mis compañeros.

La anciana la miraba fijamente, pero Carla no podía descifrar lo que sentía aquella mujer, ya no pudo seguir hablando porque las ganas de llorar regresaron como un océano que se ha dado cuenta que ya retrocedió lo suficiente como para volver con fuerza a la orilla.

- Estos malditos asesinos – Habló la anciana – Malditos desgraciaos, como matan a las gentes sin temor a nada. Ay hijita, se nota que no eres de po acá. ¿De dónde teas venido?

- Yo soy de Lima señora, hoy día debía ser mi fiesta de promoción en el salón del Hotel Imperial en Ayacucho, pero antes, mis compañeros y yo, debíamos hacer un tour, para conocer mejor la sierra. Mi madre no subió al bus, debido al mal de altura y se quedó en el hotel haciendo los preparativos, junto a otras madres. 

Tenemos que llamar a la policía, llamar a mi madre para decirle donde estoy y lo que pasó.

- Yo no puedo hacer nada más que llevarte a mi casita – decía la anciana, mientras limpiaba, con la mano, el buzo de Carla manchado que estaba manchado debarro– Ahí te puedo preparar una sopa. Vivo cerca de la carretera; pero, no tengo niun sol, hijita. Solo vivo de mis papas y mis animalitos. Mi hijo es chofer de un camión, viene por las mañanas a comer y luego se va pa la ciuda de nuevo, de seguro te ha dellevar.

- Gracias por su ayuda, de verdad es usted un ángel, no sé qué hubiera hecho, ni siquiera sé dónde estoy.

Luego de caminar por media hora, Carla, por fin pudo ver una choza de piedras y con unas plantas secas como techo. La choza se veía minúscula en medio del cerro,al costado había un corral para ovejas. La puerta era un atado de ramas secas, unida a las piedras, que hacían las veces de ladrillos. Mientras más se acercaba, se percataba que no era tan pequeña como le pareció en un primer momento.

Por dentro se sentía menos frio. En la entrada había una cama, con unas mantas de colores, las cuales, la anciana le dio para que se abrigara. En un solo espacio, estaba la cama, una cocina de barro, una mesa con unos troncos que hacían las veces de sillas y un par de baldes vacíos. Por el suelo correteaban cuyes; cada vez que alguien se movía, corrían a ocultarse, y no salían hasta que se sentían seguros.

La anciana encendió las leñas que estaban en una esquina y sobre unas piedras puso una olla.

- Échate un rato a descansar mamita, en lo que preparo alguito pa comer. Seguro 

que ahorita nomás llega mi hijo.

Se echó en la cama, su cuerpo encontró una resistencia incomoda en el lecho. Palpó la superficie, no eran más que maderas unidas con sogas y paja encima para minimizar la dureza. Sin embargo, sus pensamientos no fueron autocomplacientes ni sintió tristeza por la incomodad, solo aceptó su situación y enfocó la vista en la anciana que estaba sentada en un tronco pelando papas. Por cada rebanada de cascara que la anciana sacaba, los parpados de Carla se hacían más pesados hasta que cayó dormida.

Cuando la anciana estaba a punto de sacar la olla de sopa del fogón, se abrió la puerta dejando entrar un soplo de viento helado que casi apaga el fuego.

- ¿Quién es esta niña, mamá?

- La encontré cuando me fui al puquio a recoger lagua, parecía muerta, pero solo durmía numas; está perdida.

- Pero como se te ocurre traerla a tu casa, mamá. No la conoces, tal vez la están 

buscando y te puedes meter en problemas. Ya sabes como son los costeños, piensan que nosotros somos mala gente.

- No podía dejarla sola, hijito. Es solo una wawa, pensaba que tu podías llevarla a la ciuda.

- El Roberto a las justas me da trabajo y piensas que me va a dejar subir a una niña desconocida a su camión.

- Por favor hijito, ayúdala, está asustada y debe regresar con sus taitas.

- Haces las cosas sin pensar, mamá. Nos puede traer muchos problemas. Haré lo posible para llevarla.

- Gracias hijito, ahora siéntate que he preparao una sopita de papas.

III

Alguien movió el hombro de Carla para despertarla. Ella abrió los ojos y le fue inevitable bostezar, se sentó en la cama mientras se sobaba los parpados. Cuando pudo mirar bien, vio a un hombre sentado en uno de los troncos, tenía en sus manos un plato de plástico azul lleno de sopa.

- Buen día – dijo Carla, se puso de pie al instante.

- Buenos días, niña – respondió el hombre levantando la mano con la que sujetaba la cuchara – me dijo mi mamá que te encontró por el campo.

- Así es, me llamo Carla, vengo de Lima por un paseo escolar, y…

- ¿Un paseo escolar? – preguntó mientras metía la cuchara al plato

- Sí, señor. Ayer estábamos yendo a ver una laguna con mis compañeros, pero en medio de la carretera apareció un grupo de asaltantes que mataron a mi profesor. Gracias a Dios, yo me pude esconder en un hueco y cuando fui capaz me escapé corriendo. Creo que los asaltantes no me vieron. – Carla suspiró y miró al piso - No podía respirar, sentía que iba a vomitar. Caminé sin parar, hasta el anochecer, y me dormí por el cansancio.

El hombre no respondió y volvió a meter la cuchara a la sopa; la anciana, que regresó a la choza luego de cortar alfalfa para sus cuyes, también le dio un plato de sopa a Carla.

- Come despacio, no te vayas a quemar, tovia está muy caliente.

- Gracias señora, no sé cómo agradecerle, si no fuera por usted tal vezahora estaría muerta.

- No pienses en eso hijita, come para que recuperes tus fuerzas.

El hijo de la anciana terminó de comer y se puso de pie, le dijo a su madre que debía ir a traer leña porque ya casi se no había en la choza.

- Regreso como en una hora y media. Llego y nos vamos a la carretera.

- Ya, hijito. Anda con cuidado nomás, no te alejes mucho. Uno nunca sabe por dónde estarán esos desgraciaos.

Se puso el poncho que había colgado en una estaca clavada entre la pared de piedras, justo debajo había un machete, el cual cogió con firmeza y salió de la casa.

- No puedo imaginarme como debe estar mi mamá ahora. Seguro que mi papá ya está aquí, buscándome.

- Verás que sí, hijita. No te preocupes más, en unas horas te encontrarás con tu taita y se irán de estas tierras que nomás sirven pa hacerlo sufrir a uno. Allá en la costa todo es más bonito. Es otra vida. Mi hijo me ha contao que hay cualquier cantidá de carros y policías. Aquí es muy triste, mi niña. Pero no pudemos irnos.

Esta tierra es lo único que tenemos. En veces nos trata bien y con la cosecha da para comer muchos meses, los animalitos encuentran buen pasto para engordarse, así hay leche pa tomar y lana pa nuestra ropa. Pero, en veces, solo comemos papas secas, verdeadas y agusanadas. Como si no bastara con eso, ahora también tenemos que soportar a esos desalmaos que nos roban nuestros animales. Ellos dicen que nos sacarán dista pobreza; pero que primero necesitan nuestras vacas pa comer.

- ¿Por qué no los denuncian a la policía? No tienen por qué estar sufriendo estos robos y asesinatos.

- Los policías y jueces no hacen na, a no ser que roben a lus ricos o a un trabajador municipal. Cuando nosotros vamos pa la ciuda a pedir que nos aiuden, ni caso nos hacen. Nos sacan unos enormes rumos de papeles, y verás hijita que yo ni se leer niscribir. Me piden mi número de denei y yo ni sé qué es eso. Mijo no quiere ir pa la ciuda; dice ques por las puras, y yo pienso igual. Aquí, aunque con frio y hambre, al menos tenemos un lugarcito onde dormir y nadie nos ve como animales.

Carla no supo que más decir. El frio empezaba a sentirse con más fuerza, por lo que se acercó al fogón. Mientras observaba el radiante baile de las llamas, recordó la chimenea que tenía la casa de campo de su familia. Los veranos los pasaban en el norte, donde su abuelo fue uno de los grandes azucareros. Como herencia, dejó a su hija una hacienda por Casa Grande. Lo que más le gustaba de esos viajes era la parada, una de ida y otra de vuelta, que hacían en Huanchaco, un hermoso balneario norteño. Le gustaba pasar los atardeceres sentada en el muelle comiendo picarones con la mano, era como estar en el cielo para ella. En Huanchaco no tenían casa, pero un amigo de su papá, siempre le prestaba una, ya que solo se quedaban a lo mucho dos días. Por las noches el sonido de las olas, le permitían tener un descanso profundo y desestresante.

- ¿Usted no conoce la playa? – preguntó Carla.

- No, hijita. Poquí hay unas lagunas inmensas, tan grandes que tienes que caminar muchas horas pa darles una vuelta completa. Marcelo, es mi hijo, me dijo quel mar era como miles de lagunas juntas, y quelos barcos son gigantes, como una casa de diez pisos. Disde ese día me pregunto por qué Dios hizo tanta agua junta, y ensima ni se puede tomar, mejor hubiera hecho toel mar de agua dulce. ¡Qué bonito sería!

- Yo nunca había venido a la sierra; y si no fuera por lo que pasó, este sería un viaje muy bonito. ¿Sabe qué hora es?

- Debe ser las onces de la mañana, masomenos.

- Aún me duelen las piernas, y siento que el aire raspa mi garganta cuando respiro.

- Seguro quel Marcelo ya no tarda en regresar. Vasa ver que pa la noche yas de estar con tu familia otra vez.

Una hora después, el techo de paja se humedeció, dejando caer unas pequeñas gotas al suelo. Afuera estaba lloviendo, y las nubes habían oscurecido el paisaje. 

Quedaban unas pocas ramas para alimentar el fogón, Carla imaginó que en las casas de la sierra nunca se apagaba el fuego de la concina, ya que servían para calentar el ambiente. De pronto, se escuchó un fuerte silbido, que se repitió dos veces más.

- Es mi hijo, yasta cerca. Ojalá no se aia mojaó mucho.

- Muchas gracias, nuevamente. No me cansaría de darle las gracias. Cuando regrese con mis padres, les contaré lo que usted ha hecho conmigo. Ahora que me doy cuenta, ni siquiera se su nombre, dígamelo, por favor.

- Me llamo Francisca, y no tienes que preocuparte po una viejacha como yo. Te ayudaó en lo que podiu.

- No me olvidaré de usted, señora Francisca, de alguna forma le voy a pagar toda su ayuda.

Carla se acercó a la anciana para darle un abrazo, esta mujer le había salvado la vida. Estaba segura que, con la ayuda de su papá, podía mejorar la vida de esta mujer. Lo primero que pensó fue construirle una casa de verdad, con todo lo necesario para vivir en ese clima tan horrible. Quizás su padre compraría un camión propio para el hijo de Francisca. Sea como fuere, no podía dejar que ella siga viviendo en esas condiciones.

Los pensamientos de Carla se vieron interrumpidos por el sonido que hacia la puerta al caer tempestivamente hacia suelo. Carla intento gritar, pero unas manos ásperas y frías le impidieron que abra la boca.

- ¡Por fin te encuentre! Tu eres la caisha que faltaba, te vengo buscando desde ayer, menos mal nos dimos cuenta que un asiento estaba vacío. ¿Cómo llegaste tan lejos?

La anciana se puso de pie e intentó golpear con una olla al extraño, quien la empujó con dureza. La mujer quedó inconsciente al instante que impactó con el suelo. El sujeto echó a Carla a la cama y le dijo que se callara si quería vivir unos minutos más. Carla obedeció, no podía dejar de ver a la anciana tirada en el suelo húmedo por la lluvia.

- Desta no te salvas, me has hecho caminar por muchas horas, esta choza es el último lugar donde pensé que estarías.

Cuando el hombre terminaba de amarrar las manos de Carla con una soga vieja, una sombra con varios troncos amarrados a la espalda entró a la choza. El joven se quedó parado en la entrada, observando la terrible escena sin decir una sola palabra. Miró a su madre, luego a Carla y por último al sujeto que había ocasionado todo, dejo caer su carga y levanto el enramado que hacía de puerta para ponerlo en su lugar.

Buen día, camarada no lo encontré en casa.

- Buenos días, mi camarada, fui a traer leña para la cocina de mi mamá.

- Muy bien, tengo que hacerle una pregunta ¿Cuándo pensaba informarnos que la caisha estaba aquí? Estuve buscándola toda la noche y me la llego a encontrar en la casa de su madre.

- Le pido disculpas, camarada. No quería meter a mi madre en esto. Tenía pensado matar a la niña cuando la sacara de aquí. Mi mamá la vio cerca al puquio de donde recoge agua, y la trajo a su casa. Cuando yo llegué en la mañana, me enteré lo que había pasado. Le prometo que me iba a encargar de ella.

- Quiero creerle, camarada. De todas formas, hubiera comunicado la situación, nos habría ahorrado varios problemas. Lamentablemente, ya no tenemos más remedio que solucionar todo esto aquí y ahora. Saque a la caisha afuera, y encárguese de ella ahora mismo.

- Entendido, camarada.

El joven camino hacia Carla y la cogió de los hombros para ponerla en pie. El rostro de Carla estaba pálido y húmedo por la lagrimas que no dejaban de caer por sus mejillas. Desde el suelo, se escuchó un gemido, lo que paralizo los movimientos del joven. La anciana, aún tirada, se dio vuelta y miró a su hijo.

- ¿Marcelo, hijo, eres tú?

- Mamá, quédate donde estás y no hagas nada.

- Hijo mío, este hombre rompió la puerta y menpujo. No entiendo lo questa pasado.

- Te digo que no hagas nada, no quiero que las cosas se compliquen más.

- Marcelo, acaba con esto de una vez, supongo que tienes tu escopeta lista – le increpo el encapuchado.

- Sí, aquí la tengo. Camina niña, vamos afuera.

Al ver salir a su hijo con Carla maniatada, la anciana comprendió lo que estaba pasando. Quiso decir algo, pero un nudo en la garganta se lo impedía, no era posible que su querido hijo fuera parte de lo que para ella no eran más que asesinos y ladrones. No merecía esto, tras la muerte de su marido, se esforzó por educar a su hijo lo mejor que pudo, enseñándole a respetar al prójimo y trabajar la tierra. Apoyándose en un tronco pudo ponerse de pie y camino hacia la puerta.

- No le hagas daño a la pobre wawa. Nunca pensé que tu serias uno desos matones. Por lo que más quieras, hijo, no le hagas mal a la niña.

- Señora, cállese o también tendremos que ocuparnos de usted. Su hijo es un revolucionario, un militante de las fuerzas que transformarán esta podrida sociedad en una mucho mejor. No habrá ricos ni pobres, todos seremos iguales. 

Los costeños nunca más nos volverán a ver como sus peones. Si se obstina en ponerse en nuestra contra, significa que quiere que las cosas sigan igual, y no tendremos más remedio que matarla a usted también.

Carla estaba acostada con la mirada hacia el suelo, podía oler la tierra húmeda. 

Sentía un fuerte dolor en el pecho, ya que le lugar donde la habían echado había una piedra puntiaguda. Todo su cuerpo estaba siendo atacado por un hormigueo infernal.

- Metete en la casa, mamá. Por favor, es la última vez que te lo pido.

La anciana no podía parar de llorar, su cuerpo se tornó duro y más pesado. Cayó de rodillas en medio de la entrada de la choza. Su hijo apuntaba con una escopeta a Carla.

- ¿Lo vas hacer o no? En las fuerzas revolucionarias no necesitamos cobardes ni 

traidores. El camarada Gonzalo estará muy decepcionado contigo.

- ¡Muerte a los burgueses y a su descendencia corrupta!

Marcelo apretó el gatillo de su escopeta. Al instante, saltaron varios cúmulos de carne y hueso de la espalda de Carla. La sangre comenzó a teñir la tierra, al mismo tiempo que el cuerpo de la muchacha sufría de un rápido espasmo nervioso.

- Amarremos su cuerpo a mi caballo y alista tu machete, tenemos que esparcirla a lo largo de la carretera. Así sabrán lo que les va pasar a esos capitalistas, que no quieren dejar el poder a la masa popular. Bien hecho camarada. ¡Viva la lucha armada y sus heroicos guerrilleros!

- ¡Viva la revolución y el presidente Gonzalo! – respondió automáticamente el joven.

Entre los dos cogieron el cuerpo ensangrentado de la muchacha y la amarraron a los lomos del caballo. El animal no puso ninguna resistencia, era solo un bulto más. 

Marcelo volteó para mirar a su madre.

- No vuelvas nunca más. No quiero ver tu cara de nuevo. A partir deste momento ya no eres mijo – La mujer aparto la vista del joven- Lárgate de una vez.

El caballo sintió un golpe en las ancas e inició el paso. Marcelo, dejó avanzar a unos metros a su acompañante. Soltó un suspiro que torturaba sus entrañas. Una lágrima cayo a la tierra que sus antepasados habían cultivado para el patrón. Ya no era el vasallo de nadie, ahora era un revolucionario. Se acomodó el poncho y caminó hacia su camarada.




Biografía:

Jhimer Jair Monzón Mantilla. Bachiller en Ciencia Política y Gobernabilidad. Ha venido publicando sus cuentos en diversos medios digitales; actualmente se encuentra trabajando en su primer libro de cuentos, Es parte del grupo académico y cultural Leviatán.




lunes, 7 de septiembre de 2020

Augusto Rubio Acosta - 2 Poemas (Serie: Poesia)

 


Traspapelada imagen de la lluvia



A la cuna donde duerme

al viento que la impulsa por las calles

las tardes de cuarentena

en que va en busca de croquetas y antibióticos

para las infecciones y las tripas de Perla

que se echa una siesta

pensando en las flemas

y en su terco corazón

aviento estas líneas en papel de despacho

para que al tanteo de las noches y presagios

a la hora de la sangre avivando la lumbre

la envuelva el sosiego de la memoria

el hormigueo de la alegría en las guitarras sordas

los fogonazos de la historia

la garúa

un poquito de mí

¿Qué has hecho con el paisaje ciego

de los pantanos purulentos

con las calles polvorientas y cenagosas

de los barrios rumorosos

con callejones y quintas

donde cada tanto amanecí

asesinado a manos de malhechores y fumones

de policías y cachacos réprobos

que aparecen en las noticias de la pandemia

económica y neoliberal

en los periódicos del gobierno

con que se envuelve el pescado

en las esquinas donde mean gatos y declamadores

burócratas y comerciantes

del paseo peatonal?

¿Qué has hecho con el dolor en mis ojos

cuando el sol golpea

con el rastro de la muerte

el recuerdo de la tos y de las fiebres

en las canciones perdidas

con las cicatrices ancestrales medievales y postmodernas

y con mis huesos en el camino

que nadie pudo encontrar?


A la cuna donde duerme

donde patea y donde sueña

con cabezas de carnero

cataplasmas sábilas y ajicitos

aviento esta fotografía

del mar de Buenos Aires

extensión inconfundible

de nuestras puestas de sol

de viajar por el claroscuro de la lluvia

y del cielo nublado

en busca de nuevos augurios

aviento esta historia traspapelada

en mi esperanza

mi alegría

yacones maticos y copaibas

un poquito de ti.


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Aprendizaje 



Como los pescadores 

pudriéndose en las bolicheras 

las madrugadas que no hay pesca 

y es imposible hacerse a la mar 

aprendí a vivir en el infierno como si nada sin parpadear y sin descanso 

sin pensar en la angustia de hablar solo 

de contar o aparentar contarlo 

apagando el fuego en mi cabeza 

la obsesiva idea de tener ideas siempre 

de prolongarme en las mismas 

durante el sueño o cuando estoy despierto la implacable energía con que apuñalo la almohada 

íntima y distante 

donde habita mi voz. 


Como en las cartas que he escrito 

en los daguerrotipos que he olvidado en las playas 

en los mares que he navegado 

aprendí a permitirme el derecho a hablar 

a revisar sin ambages la vida larga y angosta que he tenido 

las patrañas y comedias de neurólogos atormentados 

presos de su futuro 

incapaces de descifrar la estrategia 

con que me oculto en primera persona 

vieja y efectiva arma para la única posibilidad 

de transferir las ideas de mi cabeza a mis aurículas 

y de ahí a mis pulmones. 


Como los pescadores 

habitando embarcaderos sin edad envejeciendo en las chalanas enmohecidas por la brisa 

y la juventud eterna 

aprendí a vigilar mi casa desde el océano 

a escribir poesía en los velorios y en las huelgas 

a coleccionar indignación y desapegos 

a respirar hondo y a lanzar mi voz 

o morir para siempre 

a arder y levantarme al compás de las corrientes 

con el desborde de los amaneceres

a abrazar a mi pequeña amada y recordar 

lo que nunca se olvida.



Biografía:

Augusto Rubio Acosta es escritor, gestor cultural y comunicador social egresado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su producción narrativa comprende los libros Avenida indiferencia, Mundo cachina, ¡Habla, San Pedrito! y la novela Fraga. En poesía, el autor ha publicado los volúmenes Inventario de iras y sueños, Mi camisa de comando y Poquita fe; además de las plaquetas Poemas de los días en que hablaba con el mar y El arte de remontar la zozobra. Recientemente acaba de publicar La peste que te habita [diarios].


domingo, 6 de septiembre de 2020

Ángel Flores/ Reseña del libro : Aroma de Gloria de Juan Morillo Ganoza (Serie: Reseña)

 



Gloria  revolucionaria



Contar una experiencia revolucionaria es una tarea loable que muchos narradores emprenden con el fin de glorificar los sucesos de los que han sido testigos (directa o indirectamente). Sin embargo, si se descuida el trabajo estético, se cae en el peligro de redactar un panfleto sin la fuerza creadora que debe tener toda obra literaria. Afortunadamente, no es este el caso de Aroma de Gloria (2005), de Juan Morillo Ganoza, quien nos ofrece un testimonio sobre las guerrillas del MIR y la ciudad de Trujillo de mediados de 1960. Benito, el protagonista de esta historia, relata sus vivencias como dirigente universitario e integrante de la bohemia trujillana. Asimismo, la novela tiene como hilo conductor la relación amorosa entre Benito y Gloria, ambos militantes de una organización clandestina. 

La técnica que predomina en la narración es el monólogo interior, recurso que le otorga un carácter íntimo al relato y le permite al narrador introducir diversas reflexiones acerca del quehacer creativo y el compromiso revolucionario. Estas reflexiones contienen una crítica concienzuda sobre la labor política y una densa reflexión sobre la convicción de luchar desde todos los frentes (político, intelectual, cultural, etc.) por una sociedad nueva, como un sentimiento propio de la década de 1960. Además, el manejo temporal permite que el lector viaje a distintos momentos del relato, conociendo la adolescencia del protagonista, sus andanzas con artistas y escritores , sus inicios como dirigente universitario en la Universidad Nacional de Trujillo, su relación amorosa con Gloria, y por último, su nombramiento como catedrático de la universidad San Cristóbal de Huamanga.

El relato se centra en los años que operó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Benito apoya a esta organización con tareas menores. En medio de estas labores, aparecerá Gloria, militante de la misma organización que el protagonista; ambos vivirán una intensa experiencia amorosa, amparada por la clandestinidad del secreto partidario. La joven pareja recorrerá diversos lugares de La Libertad buscando conocer a la gente más humilde de los pueblos cercanos a Trujillo. Estos paseos se verán interrumpidos por la repentina desaparición de Gloria, dejando una estela de duda y poniendo fin a su relación con el protagonista. 

No deja de resultar interesante la incorporación de personalidades de la época como personajes en la novela. En ciertos pasaje, encontramos a Javier Heraud gritando consignas a favor de Cuba en la puerta del local del APRA en Trujillo, a José María Arguedas en la peña Pancho Fierro cantando y bailando un huayno como homenaje a Carlos Fuentes, al editor Juan Mejía Baca charlando en su librería sobre la producción poética de Martín Adán, al profesor Antonio González Villaverde y a los miembros del grupo Trilce.

Por supuesto, Morillo no deja de hacer referencia a la caída en combate de los mártires de mesa pelada. Es más, este hecho  genera una transformación en el protagonista, quien tomará la decisión de seguir contribuyendo como intelectual a la construcción de una nueva sociedad. En resumen, esta novela es un relato sobre las convicciones morales y políticas, una experiencia de lucha escrita con aroma de revolución. 



miércoles, 2 de septiembre de 2020

Alejandro Li Hon/ El Torero (Serie:Cuento)

 



Cuando se inició en la academia taurina, había sido ovacionado como el héroe que materializaba el poder del hombre sobre la bestia; pero de pronto un día el decreto nacional que prohibía los espectáculos taurinos le había bajado el telón se había cerrado, y la misma gente que antes le dio aplausos de pie ahora lo despreciaba.


“Puedes probar en algún pueblito de la sierra. Sé de uno que está de fiesta.”, le dijo un antiguo promotor. Después de varios meses de eventos cerrados por familias importantes que ahora habían decidido fijar su atención en el otro protagonista de la arena y unirse a las cruzadas en defensa de los toros, su rostro cambió la depresión por alegría. Como su fama era conocida en muchos lugares, no podía camuflarse en el anonimato de otros trabajos que su edad le permitía. El solo pensamiento de volver a ser aplaudido como en sus años de gloria, le hizo abrazar la única oportunidad para despedirse de las arenas y jubilarse de su profesión con serenidad.


Lo cierto es que la ley gubernamental había sido tan repentina que muchos toreros se habían quedado sin trabajo, muchos jóvenes se habían vuelto activistas y muchos alcaldes habían quedado frustrados con sus espectáculos taurinos cancelados.  Pero en uno de esos tantos pueblos rurales que empezó visitar, encontró a un alcalde que había gastado el presupuesto en construir una plaza de toros que ahora había quedado inútil y los lugareños estaban descontentos porque su fiesta patronal no tendría corrida. 


Fiesta sin toro, no es fiesta. Así que el torero se ofreció para dar su último capotazo y alegrar la mayordomía con una única condición: que no le paguen nada y permitan a todos ingresar al sitio. Como el descontento popular predominaba por encima de la reciente ley y estaban en el día central festivo, el alcalde estuvo de acuerdo en la clandestinidad del evento. 


El viejo torero se enfundó en su traje de tabaco y oro, preparó su estoque y agarró el capote. Con brillo en los ojos como un boxeador que regresa al cuadrilátero, respiró agitadamente antes de que se abrieran los portones y se vio frente a su compañero taurino. Aunque era un toro mestizo, estaba adormecido y no tenía la elegancia de otros que había visto en su juventud, le pareció el más hermoso ejemplar con quien compartiría la despedida.


Después del Tercio de Varas, quedó finalmente frente al corniabierto bovino. Con toda la pasión de lo que alguna vez se llamó arte hizo las aperturas, los acortes y los capotazos al compás de los olés que retumbaron en las graderías. El baile era tan rítmico que capa y cornamenta parecían sincronizadas como si su adversario hubiese tomado conciencia de la mutua danza de clausura. No se aconchó en el Tercio de Muleta y siempre acometió con bravura pese a las banderillas ancladas en su piel. Sin aplomarse durante el Tercio de Muerte, lanzó un bramido furibundo y apresuró a dar su última embestida; el torero corrió a su encuentro para dar el tiro de gracia empuñando la espada que, escondida tras el rojo percal, esperaba hambrienta el corazón oculto bajo el lomo del animal. La mirada del matador se fusionó con la de la bestia mientras acero y carne hacían lo mismo en una perfecta estocada sin ahondar que finalizó la escena con la mejor rúbrica funeraria en la historia de toda su carrera.


Antes de recibir el plato decorativo con la cara del santo patrono que el alcalde en nombre de sus paisanos le quería dar, el torero fue interceptado por una muchedumbre de activistas que se había enterado de su desacato a la ley. Despojándole de su capa y rasgando su traje, lo sacaron con la cabeza cubierta en una tela sucia y lo empujaron a la trocha. El brillo de la calle lo encandiló y el polvo que se levantó le hizo estornudar. Un hombretón lo levantó y lo sujetó prensándolo. Unas muchachas, le untaron vaselina en los ojos y entre todos empezaron a picarlo con unos palos de madera como si fuese un saco inerte. “Salvaje despiadado”, le gritaban quienes esperaban su turno. Un verduguillo se asomó entre las mangas de uno de los presentes, pero en ese instante llegó la policía regional.


El evento fue intervenido y el torero fue subido al patrullero. La gente gritaba alterada mientras formaban un círculo y otros lugareños inmóviles observaban. El sabor de la sangre empezó a recorrer los labios del matador a la vez que era empujado hacia la tolva oscura de la camioneta. Se imaginó como a las reses bravas a las que tantas veces mareó frente a su capa. Pero no se defendió ni protestó; cerró los ojos y escuchó las palmas y gritos de esa última algarabía que había conseguido excitar, justo como en sus épocas de gloria.



(Versión reescrita de “El Torero”, publicado en el 2017 en el libro de relatos “El Guardarropa de Bea”)



RESEÑA


Alejandro Li Hon es el seudónimo literario de Carlos Alberto Chiroque Céspedes (Trujillo, 1985). Arquitecto de profesión y escritor por vocación. Desde los quince años cultiva la literatura, el dibujo y la pintura. En el año 2001, obtuvo el segundo lugar en la Feria Escolar Nacional de Ciencia y Tecnología con la historieta “Koté”. En el año 2008, recibió un reconocimiento de la comunidad literaria virtual “El Rincón de los Escritores” dirigida por el escritor Evgeny Zuhkov. En el año 2013, fue homenajeado por el Colegio de Arquitectos del Perú como coautor del himno nacional para dicha institución gremial. Pertenece desde el 2011 a la Sociedad Internacional de Poetas, Escritores y Artistas SIPEA – PERÚ.

Ha contribuido con colaboraciones para la sección de cuentos del diario La Industria y el libro colectivo “Deja que todo el mundo te cuente lo que pasó" de la editorial española Lo Que No Existe. Cuenta con dos publicaciones independientes: “La Esfera Verde” (2013) y “El Guardarropa de Bea” (2017).