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martes, 25 de junio de 2024

INMERSOS EN LA CULTURA ANDINA DESDE LOS RÍOS PROFUNDOS


INMERSOS EN LA CULTURA ANDINA DESDE LOS RÍOS PROFUNDOS

    La novela "Los ríos profundos" de José María Arguedas Altamirano, es considerada como una ventana hacia el mundo andino peruano, brinda al lector una exploración profunda de sus costumbres, mitos y conflictos sociales. Paralelamente, nos transporta de manera magistral a la vida en los Andes, tejiendo un universo de contrastes y dualidades. Asimismo, se exploran temas universales como la violencia y el conflicto, manifestándose en diversas formas: desde las disputas entre comunidades hasta los enfrentamientos con la naturaleza misma. Un ejemplo de esta intrincada relación se presenta en el siguiente pasaje:

En ese gran precipicio tienen sus nidos los cernícalos de la quebrada. Cuando los cóndores y gavilanes pasan cerca, los cernícalos los atacan, se lanzan sobre las alas enormes y les clavan sus garras en el lomo. El cóndor es inerme ante el cernícalo; no puede defenderse, vuela agitando las alas, y el cernícalo se prende de él, cuando logra alcanzarlo. A veces, los gavilanes se quejan y chillan, cruzan la quebrada perseguidos por grupos de pequeños cernícalos. Esta ave ataca al cóndor y al gavilán en son de burla; les clava las garras y se remonta; se precipita otra vez y hiere el cuerpo de su víctima. Los indios, en mayo, cantan un huayno guerrero (…). El desafío es igual, al cernícalo, al gavilán o al cóndor. Junto a las grandes montañas, cerca de los precipicios donde anidan las aves de presa, cantan los indios en este mes seco y helado (Arguedas, 1958, p. 74)

    En este fragmento, Arguedas hace mención de tres aves rapaces, las cuales luchan por la supervivencia en un entorno natural difícil. El autor utiliza la descripción de la competencia entre aquellas aves para simbolizar las luchas y tensiones dentro de la sociedad peruana, donde diferentes grupos étnicos y sociales compiten por el poder. El énfasis en la supervivencia en un entorno difícil también podría reflejar las condiciones de vida precarias que enfrentan muchas comunidades indígenas en el Perú, pues justamente Arguedas tenía un profundo interés en destacar las realidades y los desafíos de estas comunidades marginadas, así como en explorar las complejas interacciones entre la cultura indígena y la sociedad dominante.

    Con este pasaje, el autor nos invita a reflexionar sobre la lucha por la supervivencia en un contexto de desigualdad. Asimismo, la imagen de cernícalos atacando a cóndores y gavilanes, desafiándolas con valentía y astucia a pesar de ser más grandes nos invita a reflexionar sobre cómo las apariencias suelen engañar, pues las criaturas más pequeñas suelen demostrar una fuerza y una determinación sorprendentes.

    Arguedas, busca dar voz a las comunidades indígenas del Perú, ofreciendo una visión enriquecedora y detallada de la realidad peruana mediante la creación de imágenes vividas y metáforas que ayudan a transmitir temas más amplios, como la conexión con la cultura nativa, las tradiciones y las vivencias de estas mismas. En este contexto, dentro de su obra se menciona que:

Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Los puentes de madera o los puentes colgantes y las oroyas, se apoyan en ellas. En el sol, brillan. Es difícil escalarlas porque casi siempre son compactas y pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo se remonta el río, cómo aparece en los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para alcanzar las grandes piedras, cortando el río, llegan a ellas y duermen allí. Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos y grandes no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces, los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo, y luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas (Arguedas, 1958, pp. 68-69).

    Este fragmento, que es una belleza expresiva, menciona la dificultad de escalar las piedras para obtener una mejor vista del río. A pesar de los obstáculos, el esfuerzo es gratificante, ya que no hay mejor lugar para escuchar el sonido del agua. Al igual que con las piedras, no todos se atreven a profundizar en la cultura nativa y muchos se conforman con un conocimiento superficial, el cual no es del todo preciso. Arguedas ha señalado en varias ocasiones que la imagen del hombre andino ha sido malinterpretada, por lo que considera que solo las personas valientes se aventuran a explorar las raíces ancestrales de la cultura andina, reflejando la valentía necesaria para superar obstáculos y tener una comprensión más profunda de la vida en los Andes. Este pasaje resalta la naturaleza impactante de su narrativa, que fusiona de manera notable elementos naturales, culturales, lingüísticos y sociales, capturando así la complejidad de la vida en el Perú, así como el simbolismo de los ríos como portadores de las ancestrales raíces de la cultura andina y sirviendo como la identidad y conciencia cultural de Ernesto.

    Arguedas nos invita a reflexionar sobre cómo las dificultades nos impiden conocer realmente las ancestrales raíces de la cultura andina de nuestro Perú, las cuales han sido reflejadas de manera errónea. Asimismo, nos invita a conocer más de la cultura nativa, haciendo claro énfasis de que es algo inmenso que no llegaremos a conocer bien a menos que estemos realmente cerca. “Cerca” no quiere decir vivir en carne propia como tal, sino investigar a profundidad, leyendo cada una de sus obras que refleja verdaderamente la imagen del hombre andino, el cual, para el autor, representa la identidad cultural del país.

    Además de lo mencionado, el universo literario de José María Arguedas nos sumerge en un mundo lleno de simbolismo y nostalgia, aquí los objetos cotidianos cobran vida y también se convierten en metáforas de experiencias profundas y emociones complejas. En este pasaje de su obra, somos testigos del encuentro del protagonista con el zumbayllu, el cual es una fuente de alegría para Ernesto:

Encordelé mi hermoso zumbayllu y lo hice bailar. El trompo dio un salto armonioso, bajó casi lentamente, cantando por todos sus ojos. Una gran felicidad, fresca y pura, iluminó mi vida. Estaba solo, contemplando y oyendo a mi zumbayllu que hablaba con voz dulce, que parecía traer al patio el canto de todos los insectos alados que zumban musicalmente entre los arbustos floridos.—¡Ay zumbayllu, zumbayllu! ¡Yo también bailaré contigo!—le dije. Y bailé buscando un paso que se pareciera al de su pata alta. Tuve que recordar e imitar a los danzantes profesionales de mi aldea nativa. Cuando tocaron la campanilla para despertar a los internos, yo era el alumno más feliz de Abancay. Recordaba al “Markask’a”; repasaba en mi memoria la carta que había escrito para su reina, para su amada niña, que según él tenía las mejillas del color del zumbayllu. — ¡Al diablo el “Peluca”! —decía—. ¡Al diablo el Lleras, el Valle, el Flaco! ¡Nadie es mi enemigo! ¡Nadie, nadie! (Arguedas, 1954, p. 140).

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa

    En este pasaje, el autor narra de manera vivaz cómo el protagonista encuentra sentido de pertenencia a través de aquel juguete. Asimismo, logra reflejar la alegría que sentía el niño cada vez que hacía bailar a su preciado zumbayllu, detallando cada emoción de forma concisa y pertinente, envolviendo al lector con aquellas palabras llenas de gratas sensaciones y emociones. Este bloque hace mención del zumbayllu, el cual es una especie de trompo que hace muy feliz a Ernesto, quien lo menciona en más de una ocasión en el transcurso de la novela. El juguete simboliza una profunda conexión con su herencia cultural; asimismo, se convierte en una extensión de su ser, pues en él halla una voz que le habla con dulzura y lo transporta a un estado de bienestar, sirviendo de puente para encontrar una propia esencia en el cual se resalta el deseo de Ernesto de preservar sus tradiciones.

    La forma en que el autor describe la interacción del protagonista con aquel juguete nos insta a considerar la importancia de apreciar y preservar nuestras tradiciones. Además, nos anima a encontrar la felicidad en cosas simples y a buscar una conexión con nuestra identidad cultural, descubriendo nuestra esencia en un mundo complejo lleno de cambios y avances rápidos. Esta reflexión resalta la necesidad de mantener un equilibrio entre la modernidad y nuestras raíces, reconociendo que nuestra cultura y tradiciones son fundamentales para nuestra identidad cultural.

    En conclusión, “Los ríos profundos” se presenta como una experiencia enriquecedora y reveladora que va más allá de la simple apreciación literaria. Esta obra maestra nos sumerge en las profundidades del mundo andino peruano, abriendo una ventana hacia una cultura vibrante llena de costumbres, mitos y conflictos sociales. La novela no solo nos ofrece una inmersión profunda en la realidad peruana, sino que también nos desafía a comprender y valorar la diversidad cultural como un aspecto fundamental de nuestra humanidad. Nos invita a reflexionar sobre la lucha por la supervivencia en un contexto de desigualdad, resaltando la valentía y la determinación incluso en aquellos aparentemente más vulnerables. Finalmente, la obra nos enriquece como individuos al conectar con la vasta herencia cultural del Perú y nos invita a conocerla para conservarla y preservarla.

Referencias

 

Arguedas, J. (2010). Los Rios Profundos. Linkgua. Recuperado el 29 de abril de 2024, de https://bpdigital.bnp.gob.pe/info/los-rios-profundos-00188194

Por qué es importante “Los ríos profundos”, de Arguedas, y la literatura neoindigenista. (2023, marzo 29). WMagazín. https://wmagazin.com/relatos/por-que-es-importante-los-rios-profundos-de-arguedas-y-la-literatura-neoindigenista/

 

 

 


LA VIOLENCIA ENTRE ESTUDIANTES EN UNA ESCUELA MILITAR


Esta obra describe un acto de brutalidad entre cadetes en la Escuela Militar Leoncio Prado, donde un grupo de cadetes de grados mayores dan castigo físico de iniciación a los nuevos estudiantes -“…Algunos sacaban las correas y lo azotaban de lejos, pero les juro que no se acercaban…juro que vi a no sé cuántos caer al suelo…”- parecida al contexto de la obra “Paco Yunque", donde ilustra la violencia y el acoso en entornos educativos, de modo similar, se muestra en la obra “La ciudad y los perros”, cuyo autor es Mario Vargas Llosa. La obra, que fue publicada en Barcelona en el año 1963, presenta temas como la violencia y el acoso que hay en el colegio militar. Los personajes, atrapados en un entorno militar opresivo, se ven forzados a adoptar comportamientos violentos como una forma de supervivencia, manifestándose tanto a nivel físico como emocional; al mismo tiempo, la obra sugiere que la sociedad peruana está atrapada en un ciclo de corrupción y abuso de poder. La violencia no es una solución efectiva para resolver conflictos. Se debe optar por formas asertivas para solucionar las diferencias, ya que solo perpetúa el ciclo de dolor y sufrimiento. El texto critica el maltrato en la institución, señalando que es inadmisible y afecta la dignidad de los cadetes. Llama a las autoridades a tomar medidas para eliminar estos abusos. Además, es recomendable para jóvenes escolares que se interesan en explorar temas como la violencia, el acoso y las consecuencias que puede traer.

En esta escena, el Jaguar reacciona violentamente después de ser empujado casualmente por otro cadete en un pasillo de la escuela. Sin embargo, el joven violento ataca al cadete, golpeándolo repetidamente en el rostro y la cabeza; esta actitud violenta es inaceptable y no estamos de acuerdo con este comportamiento violento, y al igual que nosotros la experta en psicología María Torres (1999) nos explica que el maltrato psicológico es un proceso de destrucción formado por palabras o acciones como la depresión o irritabilidad. La reacción violenta del Jaguar demuestra problemas para resolver conflictos y, además, subraya la necesidad de aplicar alternativas pacíficas. De hecho, la violencia prolonga una serie de dolor; mientras que el maltrato psicológico puede causar graves problemas emocionales en el desarrollo de la persona. Por lo tanto, se debe promover la comunicación efectiva, la empatía y la resolución de disputas, ya que la carencia de manejo de conflictos puede ocasionar daños mayores en las personas que rodean al individuo violento y traer secuelas a la salud mental. En la escuela militar Leoncio Prado muestra las consecuencias de los actos de agresión y no condena a los que ejercen la violencia, fortaleciendo espacio de maltrato hacia los cadetes, con la excusa de formar hombres fuertes. Por ello, se enfatizó la importancia de buscar alternativas pacíficas y de plantear posibilidades asertivas para el cambio. Es recomendable comprender el problema de violencia y reflexionar sobre el daño que causan en los seres humanos.

En este fragmento, en el calabozo, el Jaguar y el poeta se pelean; este acto es observado por un oficial, quien los separa para evitar más alboroto. Por esta razón, menciona el doctor Pacheco (2018) que los vínculos frágiles de amistad propician violencias y, a su vez, la violencia lesiona las relaciones de compañerismo generando desconfianza y desconexión. El enfrentamiento que ocurre en el calabozo demuestra que la violencia entre compañeros es continúa; debido a que, en su entorno hay castigos, peleas y burlas. Estos conflictos son generados por la falta del desarrollo de habilidades blandas que los cadetes deben demostrar; en la mayoría de casos, cuando existen malas relaciones entre ellos se fomentan acciones de violencia. De igual modo, la obra nos da a entender que la violencia no es la solución para ningún problema, ya que solo causa más conflictos y no nos ayuda a una convivencia saludable. Se resalta la falta de compañerismo entre los integrantes de la escuela militar. Por tanto, se motiva a las instituciones a que implementen programas que fomenten y fortalezcan la amistad entre compañeros, y de esa manera evitar la violencia.

Se muestra en la obra según Vargas Llosa (1963) “Y el Jaguar le dijo: "si usted no estuviera en quinto, mi cadete, seguro que no se atrevía a sacarnos la plata y los cigarrillos". En el fragmento, el Jaguar desafía a un cadete de rango mayor y ocasiona una pelea, esta confrontación termina con el cadete pidiendo ayuda a los demás. Por acciones como estas, compartimos las ideas de la doctora Mayra Carmona (2022) quien afirma que, la violencia se debe combatir desde nuestro lugar, es fundamental para la disminución de casos de maltrato. La conducta del cadete en el colegio militar, refleja que la violencia solo genera más violencia; por lo tanto, destaca la necesidad de implementar mecanismos para detectar y prevenir situaciones peligrosas. En este sentido, la actitud de Jaguar, no muestra respeto por los cadetes de quinto; por el contrario, solo intenta imponer la supremacía del más fuerte. Paralelamente, si normalizamos la violencia, estamos enviando un mensaje equivocado a las generaciones futuras. Debido a ello, debemos ser modelos a seguir, que promuevan la paz y la empatía. El texto analiza el comportamiento violento de los personajes, demostrando que la violencia tiene consecuencias funestas; puesto que, en la obra se comete un crimen como consecuencia de la cadena de violencia adoptada por los cadetes de la escuela militar. Por consiguiente, es importante implementar mecanismos preventivos en los colegios. Leer la obra “la ciudad y los perros” es recomendable porque invita a los estudiantes a explorar acerca de temas como la violencia, el acoso y sus consecuencias.

Referencias bibliográficas:

Alvarado, R. (2012). Análisis literario de "La ciudad y los perros". https://wwwelaguila-alvarado.blogspot.com/2012/09/analisis-literario-de-la-ciudad-y-los.html

Cuervo, B. (2016). Mario Vargas Llosa: Escritor entre dos mundos. https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/recursos-1/colaboraciones/15666-mario-vargas-llosa-escritor-entre-dos-mundos

Encarnación, P. (2017). El inicio de "La ciudad y los perros". https://www.estandarte.com/noticias/libros/novela/el-inicio-de-la-ciudad-y-los-perros-de-mario-vargas-llosa_3558.html

Fernández, M. (2010). La ciudad y los perros o el macrocosmo peruano. https://www.proquest.com/openview/ca634a629e13a12f655fd6e5003ad3f4/1?pq-origsite=gscholar&cbl=1818013

Martínez, F. (2014). La fábrica de Machos en La ciudad y los perros. https://lacolmena.uaemex.mx/article/view/5319/3915

Sección Internacional Española. (2018). Producción Vargas Llosa. https://www.educacionfpydeportes.gob.es/dam/jcr:9cf381f2-188f-4edd-986c-4110d43e9e80/biografia-m-vargas-llosa.pdf

Vela, M. (2022). Biografía de Mario Vargas Llosa. https://www.casadellibro.com/libros-ebooks/mario-vargas-llosa/2266

Integrantes del grupo:

-          Ochoa Maita, Ashley Isabel

-          Silva Zavaleta, Lincoln Santiago

-          Villegas Bruno, Jhonatan André


lunes, 19 de febrero de 2024

CINCO NIÑOS APLASTADOS, UN CUENTO DE: LUIS VEGA.

 


Entrar en el Alejandría fue sencillo: aledaña a él hay una construcción destartalada, sin puertas ni ventanas, que hace mucho sirvió como el ayuntamiento de la ciudad. Una noche luminosa, mis amigos y yo atravesamos el orificio de la entrada, alcanzamos el muro que colinda con el colegio, trepamos con el apoyo de un pupitre avejentado y una asta sin bandera, colocados con anterioridad, y descendimos del otro lado sobre una mesa de madera. Si algún vecino observó nuestra operación, probablemente no distinguió más que sombras fugaces; pero, con cada paso que dábamos, sentía el miedo arremolinándose en mi interior, y mi corazón latía con más y más fuerza. No quería estar allí; desde el primer momento, me invadió el fuerte impulso por escapar.

Éramos cinco y teníamos doce años. Kevin tomó el liderazgo.

—Vamos, por aquí está el salón de música —dijo.

No entendí cómo podía ubicarse. La leyenda que contó se limitaba a los hechos, sin aludir detalles, y, según sus palabras, era la primera vez que entraba al colegio, al igual que nosotros. Pensé que mentía, que solo pretendía conocer el camino para ser el que iba a la cabeza, y eso me molestó. Si no lo cuestioné fue por la seguridad de su voz. También porque temí estar en su lugar.    

El Alejandría no se parecía a ninguna escuela que había visto, sino más bien a un cuartel. Tiene dos patios de cemento, uno para el recreo y otro para las marchas, pabellones largos e intimidantes en la oscuridad, aulas angostas, casi idénticas desde el exterior, y muros tan altos y gruesos que contenían toda la podredumbre rampante.

Allí sentía que soñaba. Era una contradicción imposible: un colegio, el sitio más organizado que conocía, abandonado, podrido, destrozado y, finalmente, maldito. Una tristeza brotó en mi garganta, y reprimí las ganas de llorar. Busqué en mis amigos las mismas emociones que me embargaban, pero, si las tenían, debieron esconderlas mejor que yo, porque solo vi excitación y asombro.

Augusto fue quien ubicó el salón de música por una clave de sol pegada en la puerta. La luz de la luna ingresaba por las sucias ventanas, revelando la decadencia de pisos y paredes, y distinguí, en el fondo del aula, libros desparramados, tablones apilados como pirámide y una almohada amarillenta. Noté que ahora los cinco estábamos asustados; eso me tranquilizó un poco.

Caminamos despacio, nos sentamos en los pupitres y, como niños castigados, permanecimos en silencio durante un tiempo que no puedo calcular, entre cinco a veinte minutos.

—Bueno —dijo José finalmente—. ¿Y ahora?

—Haz algo —Gonzalo le ordenó a Kevin.

Él miraba al techo de concreto. Lo imitamos, temerosos, en busca de señales del desprendimiento, pero estaba tan oscuro que apenas distinguimos algo. Gonzalo encendió la linterna de su celular y revisó cada centímetro, pero no encontró nada. Repitió el proceso, y seguimos atentamente el paso de su luz. Nada. La cubierta era la parte mejor conservada del aula. Mis amigos se decepcionaron. Su diversión se veía cuestionada.

—Tal vez este no es el sitio —comentó Augusto.

Kevin se apresuró a decir que sí era el salón de música, pero que el dueño lo dejó como nuevo para vender el local. La aclaración no convenció. Gonzalo le dijo mentiroso a nuestro guía, y este le respondió con un insulto más fuerte. José intentó calmar las aguas, pero fue en vano. Pronto, el alboroto se apoderó de la quietud de la noche.

Yo era el único callado, ajeno por completo a ellos. El miedo en mis entrañas, que se había calmado para entonces, me indicó el lugar exacto donde los niños quedaron aplastados, y no pude apartar la vista de ahí, ni moverme, ni hablar. Vi el fatídico instante, una y otra vez, hasta que el terror se esparció como líquido por todo mi cuerpo; nubló mis ojos, llenó mis oídos, y la quimera volvió a caer, en un estruendo infernal, a pocos centímetros de mis pies.

José, que siempre fue amable conmigo, puso su mano en mi hombro, lo que me hizo saltar.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Pero antes de que pudiera responder, escuchamos aquel ruido horrible, atroz (y era metálico) encima de nuestras cabezas.

Mis amigos gritaron mi nombre, pero no me detuve, no los esperé; corrí con todas mis fuerzas, lejos del salón, a ninguna parte. El mismo horror que me había paralizado me empujaba hacia adelante, y pensé que me perseguía un enemigo invisible, monstruoso; quizás los fantasmas de los niños destrozados.

Recuperé el control en el patio de recreo, cerca de unos juegos metálicos. Mientras tomaba aire, me di cuenta de lo que había hecho. El silencio reinaba de nuevo en el Alejandría.

“¿Estarán bien?”, me pregunté.

Entonces surgió la vergüenza. Giré hacia el pabellón que había abandonado, deseando con toda mi alma encontrar a mis amigos. Por un instante, me pareció ver niños en el carrusel oxidado del patio, pero afiné la vista y todo quedó claro. Estaba solo.

Me faltó valor para responder mi pregunta. Al llegar a casa, lloré amargamente hasta quedarme dormido.

—¡Oye, correlón! —me llamaron.

También tiraron piedritas a mi ventana, pero lo que en realidad me despertó, de un sobresalto, fue escuchar sus voces. Sin cambiarme ni nada, salí a la calle y los encontré con una sonrisa piadosa. ¡Qué alivio fue verlos! Estaban bien y muy felices. Me disculpé con ellos, avergonzado a más no poder, pero apenas me escucharon.

—¡Los vimos! —exclamaron—. ¡Vimos a los niños! Justo cuando te fuiste. Eran cinco, flotaban en el aire, y eran muy pálidos y se movían con el viento. Parecían de papel.

Qué cara habré puesto para que se rieran de mí. Les pedí que juraran que decían la verdad, y lo hicieron de buena gana. Era una posibilidad que no vi venir; la peor de todas, tal vez. Ellos intentaron animarme, pero no lo consiguieron. Me había dado cuenta: ahora eran uno, los unía su gran hazaña, y yo me quedé solo, tan solo como en el patio de juegos del colegio abandonado.

Dos noches después, volví al Alejandría sin decirle a nadie. Hacía frío y el cielo estaba oscuro. Mi corazón se retorcía, mis entrañas hervían. La quimera me esperaba en el salón de música; podía escucharla caer perpetuamente y, para esquivarla, evité observar tanto el techo como el piso. Fue incómodo caminar así, pero dio resultado; porque el miedo no volvió a poseerme. Me senté en la silla del maestro, detrás del deteriorado escritorio, y esperé.

Inicialmente el tiempo voló como un vendaval. A medida que me tranquilizaba, fue yendo más despacio, y pareció detenerse. Mi temor se convirtió en impaciencia, luego en rencor, tristeza, cansancio, y lágrimas de impotencia rodaron por mi rostro. Decidí partir. No vi a ningún fantasma.

Noche tras noche, seguí visitando el salón de música hasta que los vecinos curiosos notaron mi presencia, y me confundieron con otro de los fantasmas del colegio.

 

lunes, 11 de diciembre de 2023

POEMAS DE "ASÍ CANTA WIRACOCHA" (o, La Musa Andina). Por Moisés Castillo Florián (Libro ganador de “Premio Literario Trujillo-2019”, del FEMT.

 


BALADA DE LA MEDIANOCHE

LIRICA Y DOLORIDA

Al Sur de la tierra de Babel

Y de la Isla de los Náufragos,

La lluvia es mi propio llanto

Que me ahoga y desvela…

Y, aunque leo y me leen

Whitman y Kavafis,

No puedo llorar ni reír…

¿Será que soy una balsa ebria,

Bogando en un mar de amor,

Que aún no logro aprehender?

Amor de los 4 Suyos…

Amada, de mi carne y mi alma,

Te fuiste de mi Caosmos,

Hacia el Teatro Mundo.

Te busco en la cruz de mi sino

y mi pecho, más no te encuentro.

Así sollozo, solo o con el aguacero,

Terco, libre, pasajero…

Entre mi plexo solar,

Te llevo desde hace tiempo,

Como a un amado wawa-bebé,

¿Dóndeee teee hallarééé?...

Interrogante larga, como la pena,

Pregunta, que no sabe ser respuesta.

Pese a que sé tantas cosas,

Tu amor de día incierto,

Me enseñó a comprender

De la vida y su sombra.

De la luz, donde navega

La barca Esperanza,

La barca, en que te vi sólo partir.

Allí navega mi sueño telúrico

Y cósmico. Mi nombre

Unido al maíz y al tuyo…

Mi barca ebria de sueños,

Donde te veo, desnuda Musa.

¡Qué vanidosa es tu luna bella,

Metida en las sábanas de mi ser!

¿Cuándo vendrás a mi playa desierta,

Para ser más que espuma de mar?

Como un Wiracocha amerindio,

sufro y gozo en el mar Polar.

Y de tanto sufrir, cómo amo

El viejo árbol de la Poesía,

Que tengo que cultivar…

Yo, creador de un mundo

Que sufre y ama conmigo también

(De Patagonia a México, miles de

Cantutas, sufren lo que yo…)

Yo, creador de este mundo, en ti.

Por ti amé el ande y su aire

Y sus minerales. Sólo por ti…

Por ti, canto waynos y sones,

Madrigales y yaravís.

La noche, penetrada de día y

De lluvia que declina al compás

De mi dolor, repite lo que canto,

Lo que expresa mi sentir:

“Por ti, amada Musa andina.

Por ti…. Sólo por ti.”


DESDE LA CASA “FRITH” (a Estella)

Todas las tardes son mías,

Todos los afternoons, míos…

En las mañanas inciertas

Mi canto se dispersa,

Se hace humo humano

En busca de la Primavera.

¿Cuál Primavera?, pregunta Estella,

Amiga bella y dolorida,

El mundo todo, ¿cuál Primavera?

Y las hortalizas muertas y heridas,

Por los conejos. Por roedores

Salvajes y que anidamos dentro.

Sí, los conejos y golondrinas,

Y las vicuñas y toros mansos

Del Perú y América-Amoria.

Sobre los altos nevados

De aquella América. Y más abajo

De tu casita del Ashdown Forest,

Estella madre, estrella amiga…

Hasta las vastas pampas contritas.

Valles de penas y quenas,

Donde el oro, ya no es oro

Y el cobre es indio, negro y mestizo;

Llorando, la gran Impotencia

Y esperanza de Justicia…

Gimen y esperan la Pachamama,

Naciendo cual Primavera.

La estación de la Tierra,

De esta vida que va y regresa,

Como mi canto andino,

Cosmopolita y apenas mío…

Mi poemario humano,

Estella madre, estrella amiga.



DESDE EL SOUTH BANK

Como el Támesis…

Que se prepara a despedirme,

Son mis ideas: agua de lluvia,

Son mis deseos: sol en la luna.

 ¡Ohhh y Ommm!

Me he sentado a caminar,

Y pasan barcas y nostalgias,

Y pasa Frida con Diego niño.

“En Coyoacán te esperamos,

Chulo cuate, cholito…”,

Me dicen en silencio,

Mientras me mira su 3er ojo.

 -2 y 3 en 1-

Vamos tomados de la mano;

Desde el Thames por el Atlántico,

Al río Grande y más abajo.

Contracorriente…

Calmas y turbias, las aguas.

¡Qué mamayacu acuosa!

Llueve y llora, pero hacia arriba,

Agua y colores de la Madre Tierra.

 Las aguas justas

Y los colores necesarios.

Fantasmas del South Bank,

Lleno de locos hamlets y dalís:

Marchémonos a debatir,

Con los volcanes mexicas

Y los nevados peruanos.

Debatiremos, desnudaremos:

El corpus de la Pintura,

El ánima de la Poesía,

Y el Buda de la Eco-Sofía:

“To be or not to be!”, ¿cierto?



domingo, 25 de junio de 2023

 






Madre, me cortaron pronto de tu seno sin notar la caída hasta el socavón

de miedos paranoides, me soltaron las palomitas antes de siquiera volar

junto a ellas, antes de que relama las tazas de cocoa fría

y que pida sonriendo otro panecito más.

Yo voy perdido cuando empieza a caer la tarde: el sol se me esconde…


Se acaba la tarde, te acunas en el vaivén de la silla de madera humedecida, reclinas el ángulo por la derecha, quizá buscando un solo detalle que te haga perder la idea de papá llegando hacia las cinco. Mientras, una polilla se posa en el lamparín de la cocina, su sombra nos resuelve, los años no se pasan y te veo con el pantaloncillo jean remendado, el del cumpleaños sexto, con las piernas recortadas, humillado en hilos a ver si levanto el rostro una última vez hasta ignorarlo.

Nos preparamos los bocados, la vieja rutina de reírnos solitarios sin saber empezar frente a las tazas de café pasado, tal que, si quisieran vibrar afiladas con la misma historia de siempre, saltarían a nuestras caras desde la mesilla. Ya listo, resoplas tímidamente, como antaño, el viejo papel de mascaretas que representamos: que, si ríes, lloro y si lloras, sonrío. Un juego tan sencillo como eficaz, aprendimos a hacerlo tan temprano, casi adivinando deprisa cuán importante sería en nuestros días.

Miras un último segundo hacia mis ojos, ¿llorarán antes de acabar nuestras memorias? ¿O llorarás tú cuando sientas que el recuerdo te paraliza? Es tu miedo, lo conocí así, todo mudo, calladito, tan sereno que asustaba terriblemente. Era un vaticinio auténtico, inevitable y hasta las costillas crujen ansiosas por el recuerdo de tu entraña traicionera y maldita. Suenan las siete, decides romper ese silencio temeroso cuando inicias.

«Piensa un solo instante en cada una de las flores que veíamos en el jardín de al frente. En cómo arrancabas una florecita, otra florecita y las deshojábamos mirando siempre desde nuestra ventana, absortos en sus colores y cómo se destruían y cómo lo disfrutábamos. ¿Recuerdas cuando se quedaba vacía la calle? Cuando el techo de Don Anselmo tapaba el flujo amarillo de la tarde hasta volverlo gris y arrugado, con las hojas verduzcas tan abandonadas de miradas, marchitando nuestros juegos, incluso así creíamos que de esa forma el jardín guardaba su belleza silenciosa y, dignos, aguantábamos hasta la mañana para volver a deshojarlo.

Todo era un ardid de nuestra fantasía infante, una irreverente excusa para olvidar que pronto, marcando las cinco, llegaría arrastrando los pies y entraría sin saber cómo abrir la puerta. Y cómo te abrazo asustado y cómo gritaría enfurecido en alcohol, y cómo nos llamaba el miedo por las manitas y te me corres de mis brazos para soltar el pestillo y sonreírle afectuosa cuando da el primer paso bajo el dintel. Yo miro aceptando el instante, apretado el corazón y abiertas las entrañas, ¿recuerdas que así sucedía?

Me abrazabas dulce cuando todo acababa. Sin reconocer si la mudez me hacía fuerte o sentía terror, si tus besos cubrían tu miedo o mostraban cuan terca eras. Y apuntábamos de nuevo hacia el jardín de enfrente, con las miradas adoloridas, con los techos de Anselmito, para seguir con esa tierna monotonía con que se nos pasaban las horas hasta la mañana. Y nos dormíamos con el fondo sonoro de sus pesados ronquidos a nuestro lado.

De pronto, “ya sale el sol, Menchito, ya falta poco” y te acariciaba. Escondidos bajo la misma colcha y con las boquitas apestosas porque olvidamos cepillarlas, “sí, Catita, solo déjame dormir otros siete minutos más”. Y no querías, tironeabas de mi polito rayado de Spiderman, de mi cabello largo y aceitoso, y te decía que no, aunque empezaba a levantarme sonriendo para deshojar más flores. Cómo me sonreías porque no limpiaba bien las legañas.

¿Recuerdas nuestras comidas? La mesa con el mantel de plástico viscoso por la grasa, la olla quemada del arroz de hace dos días y tú rasqueteando un poco para que almorzáramos los dos. Lo compartíamos y soportábamos juntos, y en sueños lograbas saborear el alcalino malestar que nos dejaba y yo aterrado de que lo descubra en esas bolsitas amarillas, que escondía bajo los tablones de la cama mientras quedaba tieso de licor.

Y cuando descubrí los sobres de mayonesa, que metía la mano en el cajón con candado, abriendo poco a poco el escritorio roto donde amontonaba todos sus libros: los de Oveja Negra, los negritos de Montaña Mágica. Estaban allí sin saber por qué, compartiendo vida con los paquetitos de vídeos pornográficos, con los paquetitos verdes que mareaban y con las monedas viejas y oxidadas.

¿Recuerdas que no supiste abrirlos nunca? Y yo, como un experto truhan, usaba los dientes que empezaban a brotarme para destajarlos por el borde izquierdo. Los echábamos por montones sobre el arroz negruzco y mohoso, sobre el hollín que se acumula con cada rasqueteada. Y se formaba esa masa viscosa que no podía ni probar por las náuseas que producía. “Pero Menchito, tú lo comes primero y yo te sigo”, lo deglutía inocentemente y “qué rico, Catita”, mientras me lloraban los ojos.

Solo aquel rito santo permitía que comieras una bocanada más de la pasta. Cómo la engullías, haciendo tus gestitos, sobando tu pancita y cerrando los ojos, creyendo en los días buenos que vendrían mañana. Entonces volvías a reír por tu niñez, tan divertida, desposeída de mi miedo, que nos acobijabas hasta que se escucharan ambos pies arrastrándose en el pasadizo, por el cuartucho alquilado, anunciado que las cinco de la tarde habían llegado otra vez.»

Te explotan los nervios y me tomas del brazo para acariciarme la testa, que infantes crecimos y cuánto sabemos que lo queríamos. Y solo lo observas sin saber qué sentiría de tanto maquillaje y de tanta sonrisa. Porque al olvidarlo qué poco nos ha quedado, que recuerdas con una compasiva sonrisa que te abrazó mientras dormíamos. Lo dices de nuevo tras tragar un sorbo duro de café, como muchas veces frente a las tazas: “¿Don Mariano acaso nos habrá querido?

Y aquí el féretro y cómo crecían: imaginando la tierra húmeda en el jardín y la acidez perfecta que debía de tener un tiro de mayonesa. Los observaba y eran tan mudos que jamás creí que existieran en verdad. Sus grititos parecían ahogados, saltarines y no dolían fuerte como el algodón con que me han rellenado. Mis puños deshojaban las líneas amarillas que dejaban correr los pisos del viejo Anselmo. ¿Los oyes? Que se sueltan de aquí para allá, acompañados de gritos de funeral.

Así lo oíste mucho antes y acaso habrías de notar que también lloré. Que te quería tanto y que sonaba iracundo el timbre a las cinco de la tarde, y que mi madre masticaba sus uñas rogando a las siete, “no me sueltes, Tatito, no me sueltes” y me estrujaba hasta sangrar sus nervios. ¿Eran tus memorias? ¿Las escuchas aquí junto a ellos? Hoy estamos presentes.

Y mis hijos cómo lloran y mi alma cómo quema, en mutismo, por sus miedos lejanos. Escucho y quizá, desde hace nunca, mi corazón cómo llora porque es tarde. Siento el peso de las andas que me alzan tan despacio y cariñosamente, el licor que se me escurre por los poros y mis manos que se comprimen para nunca hacerse en puños. ¿Lo recuerdas? Son las cinco de la tarde y antes de las siete me echarán encima el cemento; pero mis hijos, qué paz tan silenciosa, papá, que paz tan silenciosa les he dejado...

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miércoles, 21 de junio de 2023

 







        Como hipnotizado, Axel contempla el lunar que decora el pezón derecho de Nicotina, pequeño, oscuro, fundido con la piel. Rodea la circunferencia con el dedo índice, de repente pensando en lo bello que es. Ella, atrapada entre el sueño y la consciencia, se retuerce con suavidad al sentir la yema helada de aquel dedo.

—No podemos seguir con esto.

—¿Qué? —preguntó Axel, confundido.

En realidad, su nombre no era Nicotina. Axel la llamaba así por los cigarros que acostumbraba fumar. Siempre que sus labios se encontraban, él sentía el amargo sabor del alcaloide. No fumaba en su cuarto, Axel se lo había prohibido; detestaba el aroma pegándose a los muros, a sus sábanas, a los libros en los estantes.

—¿Qué haces? —pregunta Nicotina, riendo adormilada.

Axel no responde, continúa concentrando en recorrer la circunferencia del suave seno, frío al tacto.

—Corrijo textos —dijo Axel con desinterés—, hago ensayos…

Karaoke asintió con la cabeza, aprobándolo.

En realidad, no se llamaba así. Tenía una voz hermosa que podía llegar a impensables notas agudas. Durante el sexo, sus gemidos parecían los suaves y quedos cantos de una opera privada dirigida solo a él. Siempre intentaba hacerlo cantar, decía que sus voces podían hacer un buen coro con las canciones que elegía poner en el reproductor del portátil. Tenía unos lentes que habrían sido cuadrados de no ser por los curvados bordes, los cuales siempre chocaban con los suyos al momento de besarse. ¿Seguiría usando esos lentes?

—¿Qué hemos hecho mal? —preguntó Axel. La voz se le quebraba.

Nicotina sonríe, le remueve los cabellos.

—¿Hola? —pregunta—. Tierra llamando a Axel. ¿Qué? ¿Se te ha ocurrido otro cuento?

—Sí. Otro que trata sobre gatos —respondió Hongo, orgullosa de sí.

Tenía un corte de pelo particular. También escribía, aunque con mucha menos frecuencia. Le gustaba hablar de literatura infantil y de cuentos y poemas sobre sus gatos. Nunca tuvo deseos de publicar, escribía para ella y decía que eso era suficiente. Le quitaba su camisa favorita, aquella roja con cuadros negros, y se la ponía a pesar que era una talla más grande; pero qué bien le quedaba, mucho mejor que a él. Salía descalza de la cama, exhibiendo sus muslos medio-escondidos por los bordes de la camisa. Se detenía frente al estante de libros y sacaba uno al azar, regresaba con él a la cama y se ponía a ojear las páginas mientras que él le acariciaba las piernas, tan suaves, casi perfectas porque…

­—Hannah…

—Baboso —dice Nicotina, burlona.

Se remueve hasta quedar encima de Axel. La luz del poste, atravesando la única ventana de la habitación, cae sobre ella, pintando su piel de anaranjado. La lluvia repiquetea contra la ventana, las sombras de las gotas, arrastrándose hacia abajo por la superficie de cristal, atravesando el panel, aterrizan sobre ella y parecen ejércitos de hormigas recorriendo la arquitectura de su cuerpo. Ella toma las manos de Axel, hace que recorran sus senos, sus caderas, las detiene en sus glúteos y sonríe, juguetona. No le da un beso, sino que parece querer comerle los labios.

—Feliz Noche Buena —dijo Navidad, riéndose, formando hoyuelos en sus mejillas.

—¿Qué soy para ti? —preguntó Rota, enterrando las uñas en sus propias palmas.

—Manzanas, me gustan las manzanas —murmuró Gaia, dándole un mordisco suave a la fruta que tenía en la mano.

—Nos estamos quebrando.

Axel detiene el beso con brusquedad. Confundida, Nicotina frunce el ceño.

—Tengo que irme —dice él. Sale de la cama, casi brincando, y va a por sus ropas desperdigadas por el suelo.

—¿Tan tarde? —pregunta Nicotina, extrañada—. ¿Y a dónde?

Ya está vestido. Axel va hacia la puerta, la abre y, antes de salir corriendo, dirige una mirada hacia Nicotina, sentada en la cama, entre las sábanas arrugadas, sola, con los labios amargos porque estuvo fumando antes de ir a verlo.

El pasillo es oscuro, casi no hay luz. Axel lo atraviesa, dejando atrás puertas de otras habitaciones. Una bicicleta está esperándolo a la entrada del patio, le quita el seguro con manos temblorosas, gélidas y sudadas.

Afuera, la lluvia lo recibe y empapa su ropa, se la pega al cuerpo como una segunda piel. Axel sube a la bicicleta y pedalea, las llantas apartando el agua estancada que salpica con el impacto de más gotas, tan grandes que duelen al caer sobre su cuerpo.

—Debe acabar.

Tres años no bastaron. Tres años entregado a la fascinante exploración de otras pieles, de otras sonrisas y de otras caricias no habían hecho más que recordarle la irrefutable verdad que día a día se negaba a aceptar.

El claxon de un auto, gritándole de súbito, casi le hace perder el equilibrio. Las calles se han vuelto riachuelos traicioneros en donde uno puede resbalar al menor descuido. Un pensamiento cruza su mente: quizá la muerte te salve. Pero para entonces ya ha llegado, ya baja de la bicicleta, calado hasta los huesos, y ya llama a la puerta con golpes nerviosos y desesperados.

Pero han sido tres años. Tres años en donde las cosas cambiaron, tres años en los que ha mancillado la promesa que hizo una vez bajo la sombra de un árbol, con el ruido de los autos y de los cobradores del transporte público alrededor. Ya no tiene derecho alguno, ya no es digno. Debe irse. Se da la vuelta, dispuesto a correr hacia la bicicleta, tirada en la esquina, empapada, resbalosa.

Y entonces escucha el click de la puerta al abrirse.

—¿Axel? —pregunta su voz—. ¿Qué estás…? ¿Qué haces aquí?

Le dirá todo, le dirá que, sin darse cuenta, había estado recolectando piezas para darle forma.

—Yo… yo…

Tiembla, las lágrimas se confunden con las gotas de la lluvia impactando contra él, castigándolo como si fueran dagas de hielo.

—Te vas a resfriar —dice con ternura y medio en reproche. Le toma de la mano y lo arrastra hasta el marco de la puerta, refugiándolo del violento torrente del cielo. Suelta una risa incrédula—. ¿Qué haces aquí?

—Yo…

Entonces Nicotina le da un pellizco. Axel abre los ojos y está en el cuarto, la luz del poste se sigue filtrando por la ventana de su pequeño cuarto, la lluvia sigue golpeteando la ventana.

—Te quedaste dormido —dice Nicotina, debajo de él, sonriente.

Desorientado aún, los ojos de Axel vuelven a posarse en el pezón derecho de Nicotina, en el lunar invasor y hermoso. Comienza a besarlo, a lamerlo. Nicotina le pasa las manos por los cabellos, se retuerce y, entre gemidos, le pide que no se detenga.

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jueves, 1 de junio de 2023

El retorno de Alicia

 



Vi a Alicia descender por una madriguera

hasta llegar al bolsillo izquierdo de mi camisa de fuerza, quise seguirla, toqué sus dedos como teclas de piano sus muslos ardientes a través del cerrojo de una puerta por donde yo solo conocía el placer con los ojos afilados en forma de lágrima. La llevé hasta la Plazuela para contarle la historia de aquella civilización de estatuas que sin permiso dominaban al clima. Alicia arrojaba estrellas cristalizadas en sus palabras como colecciones esquizofrénicas de imperios con asma, los cuales hacen del lenguaje, jadeos y orgasmos purísimos. Alicia sollozaba mientras yo le preguntaba sobre sus alucinaciones, esos primeros intentos por permanecer oculta bajo los continentes del pasado, y sus amores de cometas musicales entonados para la futura resaca de mi verbo insólito. Su infancia junto a ese barrio marginado pero maravilloso cuando ella dirigía al aire sobre una bicicleta. Sus facciones al reconocer que estaba perdida a punto de ser decapitada por confiar en seres imaginarios, raramente agradables quienes la guiaban asegurándole que no había otra Reina para sus Corazones. Que yo recuerde, Alicia dijo que su país estaba donde se escribiera un poema largo como caída sin retorno, que se quedaría conmigo aunque nos faltara poco tiempo; pero quién quiere seguir siendo una chiquilla ilusionada cuando se pueden romper todos los espejos. Ya era tarde para retenerla. Alicia dejó de frecuentar los parques, donde embriagado solía hacerle un caligrama parecido a esta urbe destruida por tantos hoteles clausurados, que ahora me la recuerda tanto; un viejo mapa luminoso sin gravedad entre espasmos y jardines lejos de cualquier paraíso perdido, como una historia clínica jamás reclamada. Pero no fue suficiente con dejarme, también debía alejarse de todos aquellos que la vimos crecer. (Alicia tenía a alguien más esperándola en casa) Yo que le regalé jaulas de oro vacías, entendí demasiado tarde que era necesario encontrar la llave que la hiciera libre, antes de culpar a las nuevas enfermedades del siglo . Por eso, que hoy deambulo destrozado y herido tumbado sobre las aceras desgastadas como el lomo de un animal disecado, aferrado a contemplar las cosas más humildes, entre los corredores de esta ciudad universitaria, y declarado culpable ante el juicio de la ruina. Exhalando a solas el humo de una vieja oruga agonizante, para que así, mi memoria sea el último cinema bizarro capaz de proyectar escenas inéditas. Como una enorme bestia poseída, vigilando las azoteas del fin del mundo, mi locura muere si ella deja de pronunciar mi nombre y mi llanto adormece el pulso de las manecillas que danzan para la hora final. Y mi cuerpo, se convierte en un refugio nuclear en llamas, tallado con silabas nocturnas donde ella nunca más volverá a amanecer. Porque Alicia al fin ha regresado y yo, he de resignarme a ser aquello que no me atreví a reconocer desde el principio. Con mis delirios, esa pata de conejo blanco en el cuello y mi sombrero. De, Sanatorio.
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Eduardo Saldaña.