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domingo, 25 de junio de 2023

 






Madre, me cortaron pronto de tu seno sin notar la caída hasta el socavón

de miedos paranoides, me soltaron las palomitas antes de siquiera volar

junto a ellas, antes de que relama las tazas de cocoa fría

y que pida sonriendo otro panecito más.

Yo voy perdido cuando empieza a caer la tarde: el sol se me esconde…


Se acaba la tarde, te acunas en el vaivén de la silla de madera humedecida, reclinas el ángulo por la derecha, quizá buscando un solo detalle que te haga perder la idea de papá llegando hacia las cinco. Mientras, una polilla se posa en el lamparín de la cocina, su sombra nos resuelve, los años no se pasan y te veo con el pantaloncillo jean remendado, el del cumpleaños sexto, con las piernas recortadas, humillado en hilos a ver si levanto el rostro una última vez hasta ignorarlo.

Nos preparamos los bocados, la vieja rutina de reírnos solitarios sin saber empezar frente a las tazas de café pasado, tal que, si quisieran vibrar afiladas con la misma historia de siempre, saltarían a nuestras caras desde la mesilla. Ya listo, resoplas tímidamente, como antaño, el viejo papel de mascaretas que representamos: que, si ríes, lloro y si lloras, sonrío. Un juego tan sencillo como eficaz, aprendimos a hacerlo tan temprano, casi adivinando deprisa cuán importante sería en nuestros días.

Miras un último segundo hacia mis ojos, ¿llorarán antes de acabar nuestras memorias? ¿O llorarás tú cuando sientas que el recuerdo te paraliza? Es tu miedo, lo conocí así, todo mudo, calladito, tan sereno que asustaba terriblemente. Era un vaticinio auténtico, inevitable y hasta las costillas crujen ansiosas por el recuerdo de tu entraña traicionera y maldita. Suenan las siete, decides romper ese silencio temeroso cuando inicias.

«Piensa un solo instante en cada una de las flores que veíamos en el jardín de al frente. En cómo arrancabas una florecita, otra florecita y las deshojábamos mirando siempre desde nuestra ventana, absortos en sus colores y cómo se destruían y cómo lo disfrutábamos. ¿Recuerdas cuando se quedaba vacía la calle? Cuando el techo de Don Anselmo tapaba el flujo amarillo de la tarde hasta volverlo gris y arrugado, con las hojas verduzcas tan abandonadas de miradas, marchitando nuestros juegos, incluso así creíamos que de esa forma el jardín guardaba su belleza silenciosa y, dignos, aguantábamos hasta la mañana para volver a deshojarlo.

Todo era un ardid de nuestra fantasía infante, una irreverente excusa para olvidar que pronto, marcando las cinco, llegaría arrastrando los pies y entraría sin saber cómo abrir la puerta. Y cómo te abrazo asustado y cómo gritaría enfurecido en alcohol, y cómo nos llamaba el miedo por las manitas y te me corres de mis brazos para soltar el pestillo y sonreírle afectuosa cuando da el primer paso bajo el dintel. Yo miro aceptando el instante, apretado el corazón y abiertas las entrañas, ¿recuerdas que así sucedía?

Me abrazabas dulce cuando todo acababa. Sin reconocer si la mudez me hacía fuerte o sentía terror, si tus besos cubrían tu miedo o mostraban cuan terca eras. Y apuntábamos de nuevo hacia el jardín de enfrente, con las miradas adoloridas, con los techos de Anselmito, para seguir con esa tierna monotonía con que se nos pasaban las horas hasta la mañana. Y nos dormíamos con el fondo sonoro de sus pesados ronquidos a nuestro lado.

De pronto, “ya sale el sol, Menchito, ya falta poco” y te acariciaba. Escondidos bajo la misma colcha y con las boquitas apestosas porque olvidamos cepillarlas, “sí, Catita, solo déjame dormir otros siete minutos más”. Y no querías, tironeabas de mi polito rayado de Spiderman, de mi cabello largo y aceitoso, y te decía que no, aunque empezaba a levantarme sonriendo para deshojar más flores. Cómo me sonreías porque no limpiaba bien las legañas.

¿Recuerdas nuestras comidas? La mesa con el mantel de plástico viscoso por la grasa, la olla quemada del arroz de hace dos días y tú rasqueteando un poco para que almorzáramos los dos. Lo compartíamos y soportábamos juntos, y en sueños lograbas saborear el alcalino malestar que nos dejaba y yo aterrado de que lo descubra en esas bolsitas amarillas, que escondía bajo los tablones de la cama mientras quedaba tieso de licor.

Y cuando descubrí los sobres de mayonesa, que metía la mano en el cajón con candado, abriendo poco a poco el escritorio roto donde amontonaba todos sus libros: los de Oveja Negra, los negritos de Montaña Mágica. Estaban allí sin saber por qué, compartiendo vida con los paquetitos de vídeos pornográficos, con los paquetitos verdes que mareaban y con las monedas viejas y oxidadas.

¿Recuerdas que no supiste abrirlos nunca? Y yo, como un experto truhan, usaba los dientes que empezaban a brotarme para destajarlos por el borde izquierdo. Los echábamos por montones sobre el arroz negruzco y mohoso, sobre el hollín que se acumula con cada rasqueteada. Y se formaba esa masa viscosa que no podía ni probar por las náuseas que producía. “Pero Menchito, tú lo comes primero y yo te sigo”, lo deglutía inocentemente y “qué rico, Catita”, mientras me lloraban los ojos.

Solo aquel rito santo permitía que comieras una bocanada más de la pasta. Cómo la engullías, haciendo tus gestitos, sobando tu pancita y cerrando los ojos, creyendo en los días buenos que vendrían mañana. Entonces volvías a reír por tu niñez, tan divertida, desposeída de mi miedo, que nos acobijabas hasta que se escucharan ambos pies arrastrándose en el pasadizo, por el cuartucho alquilado, anunciado que las cinco de la tarde habían llegado otra vez.»

Te explotan los nervios y me tomas del brazo para acariciarme la testa, que infantes crecimos y cuánto sabemos que lo queríamos. Y solo lo observas sin saber qué sentiría de tanto maquillaje y de tanta sonrisa. Porque al olvidarlo qué poco nos ha quedado, que recuerdas con una compasiva sonrisa que te abrazó mientras dormíamos. Lo dices de nuevo tras tragar un sorbo duro de café, como muchas veces frente a las tazas: “¿Don Mariano acaso nos habrá querido?

Y aquí el féretro y cómo crecían: imaginando la tierra húmeda en el jardín y la acidez perfecta que debía de tener un tiro de mayonesa. Los observaba y eran tan mudos que jamás creí que existieran en verdad. Sus grititos parecían ahogados, saltarines y no dolían fuerte como el algodón con que me han rellenado. Mis puños deshojaban las líneas amarillas que dejaban correr los pisos del viejo Anselmo. ¿Los oyes? Que se sueltan de aquí para allá, acompañados de gritos de funeral.

Así lo oíste mucho antes y acaso habrías de notar que también lloré. Que te quería tanto y que sonaba iracundo el timbre a las cinco de la tarde, y que mi madre masticaba sus uñas rogando a las siete, “no me sueltes, Tatito, no me sueltes” y me estrujaba hasta sangrar sus nervios. ¿Eran tus memorias? ¿Las escuchas aquí junto a ellos? Hoy estamos presentes.

Y mis hijos cómo lloran y mi alma cómo quema, en mutismo, por sus miedos lejanos. Escucho y quizá, desde hace nunca, mi corazón cómo llora porque es tarde. Siento el peso de las andas que me alzan tan despacio y cariñosamente, el licor que se me escurre por los poros y mis manos que se comprimen para nunca hacerse en puños. ¿Lo recuerdas? Son las cinco de la tarde y antes de las siete me echarán encima el cemento; pero mis hijos, qué paz tan silenciosa, papá, que paz tan silenciosa les he dejado...

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miércoles, 21 de junio de 2023

 







        Como hipnotizado, Axel contempla el lunar que decora el pezón derecho de Nicotina, pequeño, oscuro, fundido con la piel. Rodea la circunferencia con el dedo índice, de repente pensando en lo bello que es. Ella, atrapada entre el sueño y la consciencia, se retuerce con suavidad al sentir la yema helada de aquel dedo.

—No podemos seguir con esto.

—¿Qué? —preguntó Axel, confundido.

En realidad, su nombre no era Nicotina. Axel la llamaba así por los cigarros que acostumbraba fumar. Siempre que sus labios se encontraban, él sentía el amargo sabor del alcaloide. No fumaba en su cuarto, Axel se lo había prohibido; detestaba el aroma pegándose a los muros, a sus sábanas, a los libros en los estantes.

—¿Qué haces? —pregunta Nicotina, riendo adormilada.

Axel no responde, continúa concentrando en recorrer la circunferencia del suave seno, frío al tacto.

—Corrijo textos —dijo Axel con desinterés—, hago ensayos…

Karaoke asintió con la cabeza, aprobándolo.

En realidad, no se llamaba así. Tenía una voz hermosa que podía llegar a impensables notas agudas. Durante el sexo, sus gemidos parecían los suaves y quedos cantos de una opera privada dirigida solo a él. Siempre intentaba hacerlo cantar, decía que sus voces podían hacer un buen coro con las canciones que elegía poner en el reproductor del portátil. Tenía unos lentes que habrían sido cuadrados de no ser por los curvados bordes, los cuales siempre chocaban con los suyos al momento de besarse. ¿Seguiría usando esos lentes?

—¿Qué hemos hecho mal? —preguntó Axel. La voz se le quebraba.

Nicotina sonríe, le remueve los cabellos.

—¿Hola? —pregunta—. Tierra llamando a Axel. ¿Qué? ¿Se te ha ocurrido otro cuento?

—Sí. Otro que trata sobre gatos —respondió Hongo, orgullosa de sí.

Tenía un corte de pelo particular. También escribía, aunque con mucha menos frecuencia. Le gustaba hablar de literatura infantil y de cuentos y poemas sobre sus gatos. Nunca tuvo deseos de publicar, escribía para ella y decía que eso era suficiente. Le quitaba su camisa favorita, aquella roja con cuadros negros, y se la ponía a pesar que era una talla más grande; pero qué bien le quedaba, mucho mejor que a él. Salía descalza de la cama, exhibiendo sus muslos medio-escondidos por los bordes de la camisa. Se detenía frente al estante de libros y sacaba uno al azar, regresaba con él a la cama y se ponía a ojear las páginas mientras que él le acariciaba las piernas, tan suaves, casi perfectas porque…

­—Hannah…

—Baboso —dice Nicotina, burlona.

Se remueve hasta quedar encima de Axel. La luz del poste, atravesando la única ventana de la habitación, cae sobre ella, pintando su piel de anaranjado. La lluvia repiquetea contra la ventana, las sombras de las gotas, arrastrándose hacia abajo por la superficie de cristal, atravesando el panel, aterrizan sobre ella y parecen ejércitos de hormigas recorriendo la arquitectura de su cuerpo. Ella toma las manos de Axel, hace que recorran sus senos, sus caderas, las detiene en sus glúteos y sonríe, juguetona. No le da un beso, sino que parece querer comerle los labios.

—Feliz Noche Buena —dijo Navidad, riéndose, formando hoyuelos en sus mejillas.

—¿Qué soy para ti? —preguntó Rota, enterrando las uñas en sus propias palmas.

—Manzanas, me gustan las manzanas —murmuró Gaia, dándole un mordisco suave a la fruta que tenía en la mano.

—Nos estamos quebrando.

Axel detiene el beso con brusquedad. Confundida, Nicotina frunce el ceño.

—Tengo que irme —dice él. Sale de la cama, casi brincando, y va a por sus ropas desperdigadas por el suelo.

—¿Tan tarde? —pregunta Nicotina, extrañada—. ¿Y a dónde?

Ya está vestido. Axel va hacia la puerta, la abre y, antes de salir corriendo, dirige una mirada hacia Nicotina, sentada en la cama, entre las sábanas arrugadas, sola, con los labios amargos porque estuvo fumando antes de ir a verlo.

El pasillo es oscuro, casi no hay luz. Axel lo atraviesa, dejando atrás puertas de otras habitaciones. Una bicicleta está esperándolo a la entrada del patio, le quita el seguro con manos temblorosas, gélidas y sudadas.

Afuera, la lluvia lo recibe y empapa su ropa, se la pega al cuerpo como una segunda piel. Axel sube a la bicicleta y pedalea, las llantas apartando el agua estancada que salpica con el impacto de más gotas, tan grandes que duelen al caer sobre su cuerpo.

—Debe acabar.

Tres años no bastaron. Tres años entregado a la fascinante exploración de otras pieles, de otras sonrisas y de otras caricias no habían hecho más que recordarle la irrefutable verdad que día a día se negaba a aceptar.

El claxon de un auto, gritándole de súbito, casi le hace perder el equilibrio. Las calles se han vuelto riachuelos traicioneros en donde uno puede resbalar al menor descuido. Un pensamiento cruza su mente: quizá la muerte te salve. Pero para entonces ya ha llegado, ya baja de la bicicleta, calado hasta los huesos, y ya llama a la puerta con golpes nerviosos y desesperados.

Pero han sido tres años. Tres años en donde las cosas cambiaron, tres años en los que ha mancillado la promesa que hizo una vez bajo la sombra de un árbol, con el ruido de los autos y de los cobradores del transporte público alrededor. Ya no tiene derecho alguno, ya no es digno. Debe irse. Se da la vuelta, dispuesto a correr hacia la bicicleta, tirada en la esquina, empapada, resbalosa.

Y entonces escucha el click de la puerta al abrirse.

—¿Axel? —pregunta su voz—. ¿Qué estás…? ¿Qué haces aquí?

Le dirá todo, le dirá que, sin darse cuenta, había estado recolectando piezas para darle forma.

—Yo… yo…

Tiembla, las lágrimas se confunden con las gotas de la lluvia impactando contra él, castigándolo como si fueran dagas de hielo.

—Te vas a resfriar —dice con ternura y medio en reproche. Le toma de la mano y lo arrastra hasta el marco de la puerta, refugiándolo del violento torrente del cielo. Suelta una risa incrédula—. ¿Qué haces aquí?

—Yo…

Entonces Nicotina le da un pellizco. Axel abre los ojos y está en el cuarto, la luz del poste se sigue filtrando por la ventana de su pequeño cuarto, la lluvia sigue golpeteando la ventana.

—Te quedaste dormido —dice Nicotina, debajo de él, sonriente.

Desorientado aún, los ojos de Axel vuelven a posarse en el pezón derecho de Nicotina, en el lunar invasor y hermoso. Comienza a besarlo, a lamerlo. Nicotina le pasa las manos por los cabellos, se retuerce y, entre gemidos, le pide que no se detenga.

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jueves, 1 de junio de 2023

El retorno de Alicia

 



Vi a Alicia descender por una madriguera

hasta llegar al bolsillo izquierdo de mi camisa de fuerza, quise seguirla, toqué sus dedos como teclas de piano sus muslos ardientes a través del cerrojo de una puerta por donde yo solo conocía el placer con los ojos afilados en forma de lágrima. La llevé hasta la Plazuela para contarle la historia de aquella civilización de estatuas que sin permiso dominaban al clima. Alicia arrojaba estrellas cristalizadas en sus palabras como colecciones esquizofrénicas de imperios con asma, los cuales hacen del lenguaje, jadeos y orgasmos purísimos. Alicia sollozaba mientras yo le preguntaba sobre sus alucinaciones, esos primeros intentos por permanecer oculta bajo los continentes del pasado, y sus amores de cometas musicales entonados para la futura resaca de mi verbo insólito. Su infancia junto a ese barrio marginado pero maravilloso cuando ella dirigía al aire sobre una bicicleta. Sus facciones al reconocer que estaba perdida a punto de ser decapitada por confiar en seres imaginarios, raramente agradables quienes la guiaban asegurándole que no había otra Reina para sus Corazones. Que yo recuerde, Alicia dijo que su país estaba donde se escribiera un poema largo como caída sin retorno, que se quedaría conmigo aunque nos faltara poco tiempo; pero quién quiere seguir siendo una chiquilla ilusionada cuando se pueden romper todos los espejos. Ya era tarde para retenerla. Alicia dejó de frecuentar los parques, donde embriagado solía hacerle un caligrama parecido a esta urbe destruida por tantos hoteles clausurados, que ahora me la recuerda tanto; un viejo mapa luminoso sin gravedad entre espasmos y jardines lejos de cualquier paraíso perdido, como una historia clínica jamás reclamada. Pero no fue suficiente con dejarme, también debía alejarse de todos aquellos que la vimos crecer. (Alicia tenía a alguien más esperándola en casa) Yo que le regalé jaulas de oro vacías, entendí demasiado tarde que era necesario encontrar la llave que la hiciera libre, antes de culpar a las nuevas enfermedades del siglo . Por eso, que hoy deambulo destrozado y herido tumbado sobre las aceras desgastadas como el lomo de un animal disecado, aferrado a contemplar las cosas más humildes, entre los corredores de esta ciudad universitaria, y declarado culpable ante el juicio de la ruina. Exhalando a solas el humo de una vieja oruga agonizante, para que así, mi memoria sea el último cinema bizarro capaz de proyectar escenas inéditas. Como una enorme bestia poseída, vigilando las azoteas del fin del mundo, mi locura muere si ella deja de pronunciar mi nombre y mi llanto adormece el pulso de las manecillas que danzan para la hora final. Y mi cuerpo, se convierte en un refugio nuclear en llamas, tallado con silabas nocturnas donde ella nunca más volverá a amanecer. Porque Alicia al fin ha regresado y yo, he de resignarme a ser aquello que no me atreví a reconocer desde el principio. Con mis delirios, esa pata de conejo blanco en el cuello y mi sombrero. De, Sanatorio.
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Eduardo Saldaña.

lunes, 1 de mayo de 2023

ERASMO ALAYO - 3 POEMAS



 



SÁBADO TAMBIÉN ES DE PASIÓN

3

Lo que más me duele Madre

es que

hayas perdido la memoria

y con ello

me hayas perdido a mí. 

Yo habitaba tu memoria

y también he muerto.


12


Cojo en mis manos la lluvia 

y sé

que alguien me sigue amando. 



LOS PASOS AMURALLADOS


Éramos simplemente unos muchachos asustados

Cercados de terribles murallas

Allí dentro

Soñábamos cada uno una aurora para todos.


Éramos simplemente unos muchachos desesperados

Amurallados los sueños

Con amenazantes alambres de púas

Allí dentro

Cada uno espinó sus manos

Buscando afanosamente una salida


Éramos unos muchachos oficialmente olvidados

Que queríamos simplemente vivir y morir

Como se vive y se muere en el Tercer Mundo

Pero nos cercaron con una guerra sucia

Allí dentro

Cada uno germina en su tumba un árbol de frutas

Donde cantan y comen los pájaros de paz.



Madre:

Hay un lugar donde no has muerto:


un río de aguas lavadas en tus amaneceres

un camino necesario a tiempo completo

un viejo fogón que repite tu amor

una noche que despierta tu ausencia 

unas manos que empiezan el verbo

una carta extraviada en algún libro

una campana que pregunta en alta voz.


Hay un lugar donde vuelves a nacer:

un niño aprende tu nombre para no envejecer. 






domingo, 30 de abril de 2023

ALFREDO MURILLO - MASSENGEAB (POEMA)

 


Massengrab

 

Por las mañanas

el Sol es una negra moneda devaluada:

cuando despierto, me acompaña la copiosa y metálica basura

de Amazon y Google, pereza compacta y sanguínea

brillando en cerebelos y calles;

 

por las tardes la ciudad

es un yonki paranoico y lageado,

no hay glándula ni puerto usb

que resista el libre albedrío;

 

empero, el escaso y costoso 

zumo de sampedro que bebo por las noches

genera recuerdos holográficos

que preceden a la Gran Tormenta Solar del 2092:

 

Contemplo pájaros de agua, gentes saludarse;

 

oigo gallos cantar su espíritu de puente

su adánica locura:

 cocaína, putas, curas sin cabeza

alternando

psicodélicas

                                          junto a                                         

  papayas, bizcochos, abuelas;

 

la locura es mago de profundas borracheras

soñando vastas fiebres del Mesías;

la Tierra es amplio y fértil paraje de contradicciones,

el futuro pestañea como niño.

 

Desde que la lluvia ácida devastó mi cerebro y mi edificio,

gotas concentradas de carne de cannabis

que aplico en mis ojos fatigados

posibilitan que mis nervios panasonic contemplen

verdes prados muertos y dormiten

 

como ahora que sobrevuelan

enormes helicópteros equipados

con neurogepeeses

vigilando el hipotálamo

 

de humanos, cyborgs y androides.

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Autor: Alfredo Murillo







 

martes, 14 de febrero de 2023

Eduardo Saldaña - Mi generación.





Mi generación escribió sus primeros sueños sobre muros gastados, cuando la luz todavía significaba, una posibilidad de acercarse al descubrimiento de astros que son el rostro de niños perdidos. Mi generación conoció la ausencia de palabras, gritando desesperados en la madrugada al descubrir que su vida, solo era la reencarnación de otra vida. Mi generación fueron los amigos que venían a verme con rayos de sol en el aro de sus bicicletas. Mi generación fue un caballo de cristal llorando en el agua. Mi generación fue una muchacha elevándose al cielo que talló la belleza de los animales prehistóricos en las huellas de mi piel. Mi generación se enamoró tantas veces que, desde sus pechos encendidos, se oía el ritual de una tribu salvaje entrelazando todas las venas abiertas de América. Mi generación es Lui, dibujando el mejor recuerdo de su infancia con trazos encenizados en un lienzo lunar. Joe, dejándose crecer los cabellos como un felino descansando juanta a la hierba y el canibalismo de sobrevivir a uno mismo. Leslie, con un libro japonés entre las manos, recitando: desaparezco/ tras esa montaña azul /yo soy el cielo. Renzo, atravesando la carretera del fin del mundo sobre el lomo de un animal disecado. Ale, resolviendo la teoría de la relatividad, hasta comprender que todos los universos paralelos nacen de su palma abierta. Renatto, interpretando los cánticos más antiguos para soñar con un idioma que a todos les pertenezca. Jhones, diciéndome que había descubierto la piedra blanca de la locura capaz de separar este mundo con el submundo. Amós, leyendo profecías secretas en las escamas de los peces de fango que ardían contra los bosques de nuestros ojos. Raquel, volviendo a los parques donde nos desvelábamos juntos, señalando que la eternidad consiste en contemplar las hojas de un árbol milenario sin dejarlas caer. Osmar, confesándome rumbo a los mercados más desahuciados, que las piedras harían profecías por nosotros si acaso negásemos ser los hijos de los hijos de dioses menores. Alessandra, con sus gestos bautizados por los cinemas futuristas proyectados en cualquier reverso del cielo donde florecerán girasoles como lágrimas creando eclipses modernos bajo reflectores de auroras boreales a lo lejos sin censura . Maryo, reconstruyendo el mundo de donde siempre olvido dejar la puerta abierta, porque las esquinas son sus ojos mirándome como si el tiempo no nos desconociera. Arlis, arrancándose las rosas que le tiñen los labios cuando recuerda todo lo que ya jamás será. Gustavo, en un bar con luces de neón levantando su vaso y brindando por los años que vendrán. Porque mi generación está llena de jóvenes inolvidablemente noche, inolvidablemente sueño, inolvidablemente música, esperando lograr todo lo que un día me contaron en un amanecer detenido, mientras hablábamos sobre las futuras generaciones.

 

 

 

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Eduardo Saldaña. 




sábado, 21 de enero de 2023

Steeven Johannes Flor Pio - Florentino Paz y Cielo Violeta - Cuento.


 

Florentino Paz y Cielo Violeta.


Temprano por la mañana, Esteban Florentino Pax se despertó con la imagen que reflejaba su espejo colocado a lado de la cama. Trató de ponerse de pie, pero sus extremidades desgastadas no se lo permitían. ¨Quizá si vuelvo a dormir me levante con más fuerza¨, pensó. A los minutos, Cielo Violeta, su esposa de 74 años, entró al cuarto y encontró a un hombre de avanzada edad, vencido por el peso de sus recuerdos difusos y conmovido por su vitalidad mermada. Había olor a muerte, melancolía y despedida en aquella precaria habitación, ¿era una premonición? Faltaban solo 10 minutos para la hora del desayuno. Al disponerse a servirse café se dio cuenta que el sobre estaba casi vacío. Florentino Pax comió un huevo duro, uno solo, despacio, sin prisa. —¡Qué cansado es el trabajo que he conseguido! —se dijo—. No tenía ningún trabajo. Era, en realidad, un recuerdo del pasado traído al presente. 

A los pies de la Bella Durmiente, conjunto de montañas en Tingo María que moldean la silueta de una mujer acostada boca arriba mirando las nubes tingalesas, Esteban Florentino Pax, presidente de la República del Perú entre 1972 y 1980, en una casita rústica, tenía una pollería con 4 mesas y cantidad similar de comensales. Antes fue el almacén del mayor de sus hijos, pero ante la crisis económica familiar se tuvo que adecuar un ambiente para el negocio de comida y, separados por una plancha de madera, dos cuartos sin amoblar. La pollería se llamaba ¨El Elegido¨. Siempre se sintió así: un elegido. Hasta hace no mucho se encargaba de asumir el rol de cocinero, mozo e incluso, cuando largas noches El Elegido se encontraba vacío, el rol de comensal. Pero sus problemas cardiacos, sus muslos debilitados, los ataques de paranoia y la demencia senil que lo agobiaba, lo habían obligado a contratar empleados, quienes recibían el sueldo mínimo. ¨Yo fui el último cojonudo que subió el salario mínimo, si no fuera por mí ustedes ganarían 150 soles menos¨, les decía a Maximiliano y Bulnes, trabajadores de la pollería. 

Cuando joven obtuvo unas becas académicas y realizó pasantías prolongadas primero en la Universidad de París IV Sorbonne y posteriormente en la Universidad Complutense de Madrid. Recordaba con lucidez que el 25 de setiembre de 1956 se recibió como profesional del Derecho, pero no precisamente esa fecha había quedado grabada en su memoria por ser el día de su graduación, sino porque ese día conoció a Cielo Violeta, jovencita delgada, sonrisita coqueta, personalidad atrapante, su esposa, su gran amor, la moderadora de aquel evento. Ciertamente ya ningún tema le interesaba más que la compañía permanente de su esposa, que a esas alturas de su vida hacía las veces de enfermera y cuidadora a tiempo completo, ni siquiera los juicios que tenía pendientes en las cortes nacionales y supranacionales por crímenes de lesa humanidad y violación de derechos humanos. 

Florentino Pax pasaba sus días en constante precariedad y una modestia permanente ajena a sus lejanas pretensiones de joven. Atrás quedaron los días de mítines multánimes en la Plaza San Martín de Lima, sus discursos cáusticos citando a García Lorca y la ovación de la masa que veía en él a un joven político ajeno al establishment desacreditado. Representaba la promesa de un futuro para su pueblo. Su principal arma era su verbo colosal y su discurso flamígero. Durante su estancia en el Congreso Constituyente se había posicionado como líder de la oposición al gobierno de Fernando Bermúdez Terrones, neoliberal de derechas, librepensador, quien tenía el alto mando de Gobierno por segunda vez, luego de haber recibido un golpe de Estado por parte de las Fuerzas Armadas el último año de su primer gobierno. Florentino Pax era inmisericorde en sus críticas al gobierno de Bermúdez y la población, cual ola enorme que se acerca a la orilla, se hacía adepta a sus planteamientos basados en el ¨Frente Único de Juventudes¨. ¨Esta consciencia nacional la he recogido a lo largo de todo el Perú, como un solo grito, como una sola voluntad. Es la voz del pueblo peruano, que en su momento de mayor miseria y dramatismo encuentra en nosotros una esperanza¨, proclamaba convencido ante la muchedumbre que lo escuchaba con atención y júbilo. ¨He escuchado al presidente de la República decir en Áncash que la producción del Perú sigue avanzando a ritmo acelerado, que la prueba está en que las compañías cerveceras han aumentado su producción. Yo no sé si el presidente estaba bajo los efectos de esa bebida, o no sabe que quizá el pueblo bebe más para olvidar las penas que le causa este mal gobierno¨ sentenciaba. 

Se presentó a las elecciones del año siguiente proponiendo una revolución en democracia, justicia social, progreso nacional, la reivindicación de la Peruanidad como bandera del Perú ante los demás países de la región. Ganó las elecciones avasalladoramente en primera vuelta. Sacó el 66 % de los votos. Fue un aluvión. Era el hombre de la hora, tenía una cita con la historia. Tenía tan solo 37 años. En su discurso inaugural frente al Parlamento sostuvo con emoción: ¨Pueblo del Perú, hice de mi campaña un grito de esperanza, ahora te pido que ayudes a hacer de mi gobierno un acto de fe¨. Esteban había concluido que, a lo largo de la historia republicana, los más amplios sectores sociales y las mayorías nacionales sentían poderosa atracción por los ¨hombres fuertes¨, gobernantes autoritarios que garanticen ¨seguridad¨ antes que libertad y él se esforzó —quizá de manera inconsciente— por seguir esa línea cuestionable de gobierno, por tener ¨mano dura¨. 

En el poder el tiempo pasó muy rápido. Fue un frenesí. Su gobierno fue malo, malísimo. Ahondó la crisis social y económica del país, grupos subversivos generaban caos y muerte, había escasez y devaluación. Peruanos emigraban a otros países y las protestas se generalizaron. El coronel Aliaga Paredes, de mirada de búho y sonrisa de oso, alto de estatura, pero de espalda encorvada, intentó darle un golpe de Estado la noche previa a la Navidad de 1976, pero fue detenido por un grupo paramilitar y asesinado en Huaycán escondiendo su cuerpo en el cerro Fisgón. No sería un hecho aislado. A lo largo del gobierno de Florentino Pax se asesinaron opositores políticos, a los que él, con sorna, llamaba ¨silenciados políticos¨. Era consciente del rumbo que había tomado su mandato, le pesaba, pero lo sobrellevaba; no obstante, en 1978, una tarde del verano de marzo, Florentino Pax vivió un hecho capital del que nunca se pudo reponer: la muerte de Dantón Florentino, su padre, hombre humilde, ancashino, político primario, a manos de uno de los grupos paramilitares que estaban bajo el mando de su gobierno. Dantón Florentino, papá del presidente de la República, se encontraba como todas las tardes saliendo de su trabajo en Casma cuando fue interceptado y llevado a las afueras de la provincia para ser fusilado con las manos amarradas y una bolsa en la cabeza. Había sido un error. Fatal error. Lo confundieron con un subversivo. Dantón había sido alcalde de Casma en Áncash quince años atrás. La noticia causó conmoción: ¨¡Asesinaron al alcalde Dantón! o peor aún: ¡Acaban de matar al papá del presidente! Hubo 3 días de duelo nacional. Esteban, presidente e hijo de Dantón, había conformado grupos paramilitares contra el terrorismo, los cuales, en las sombras eran en realidad instrumentos gubernamentales para asesinar opositores al régimen. Él había firmado el destino de su padre. Mandó a fusilar a los paramilitares responsables del asesinato erróneo y en público responsabilizó a los movimientos subversivos desplegando medidas de fuerza y justificando acciones violentas y asesinatos colectivos. Fue un parteaguas. 

A las horas de salir del poder en 1980 cayó sobre él una orden de impedimento de salida del país. Consciente de sus delitos, que él llamaba ¨culpas¨, y pasible de la fuerza de la justicia a la que había desacreditado durante su ochenio en el poder, tomó la decisión de esconderse en las profundidades del Ande peruano, conoció entonces la ¨arrugada¨ geografía andina —tal como lo diría John Murra—. Primero permaneció en Shunqui, pueblo olvidado de Huánuco, lugar donde nació su madre, luego en Pachas, distrito aún más alejado. Al ser descubierto por los pobladores locales huyó a Tingo María, entrada de la Selva. Allí se instaló, olvidado y exiliado en su propio país. ¨Soy el Raskólnikov que se va a Siberia¨, se decía a sí mismo. ¨Cielo Violeta es mi Sonia¨, se consolaba. Vinieron décadas de soledad, escasez y discreción. Su nombre no aparecía en los libros de Historia del Perú, su gestión presidencial no era mencionada en la enseñanza en los colegios. El Congreso de la República presidido por el Frente Liberal Próspero Perú, que décadas atrás había perdido las elecciones presidenciales en segunda vuelta contra él, suspendió de manera indefinida su pensión vitalicia, de modo que su principal fuente de ingresos económicos no existía más y sumado a los embargos judiciales, el despilfarro en inversiones truncas y sus cuentas confiscadas en paraísos fiscales, constituían la razón de su debacle monetaria. Pasaba sendas penurias. ¨Estos canallas se están vengando¨, repetía cada mañana. Esa noche como todas, siempre a las 7:15 p.m. —hora en la que antes acostumbraba cenar en Palacio de Gobierno— acostado en una vieja hamaca que colgaba de dos Cumala Colorada, leía en los periódicos que la población esperaba con expectativa el pronunciamiento del Supremo Tribunal que lo condenaría por el único de sus juicios que había llegado a etapas concluyentes: el aniquilamiento y desaparición de los presidiarios del penal de Cambio Puente en Chimbote ocurrido en 1976. ¨Cobarde y asesino, queremos a Florentino¨, gritaban los familiares de las víctimas. Él había ordenado la ejecución. El tema lo atormentaba, se sabía culpable, preso. Se refugiaba en los versos de Rubén Darío aún presentes en su memoria: ¨En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín¨. 

El gallo que erróneamente cantaba a las 11 p.m. ante la imponente luna de siempre, esa noche no cantó. El ex presidente de la República había muerto. Florentino Pax, otrora jefe de Estado de ego inconmensurable y ambición desmesurada falleció mientras recordaba extintas épocas de gloria, frente a frente con su condición humana, en aires de impunidad, acostado en su cama posada sobre cartón humedecido por la lluvia filtrada de su techo precario. El día todavía no había acabado, pero no habría duelo nacional en las siguientes horas ni exequias multitudinarias. Fue un infarto, asumió la familia. Al mayor de sus hijos se le pasó por la cabeza que quizá fue pena o culpa. Lo velaron a puertas cerradas sus 2 gallinas, sus perros Edison y Aaron, su gato anciano Ramón, un felino de grandes bigotes, y sobre todo Cielo Violeta, la última de sus partidarias, la ex primera dama de la Nación, quizá la única que hubiese vuelto a votar por él, su compañera vitalicia.

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DESCRIPCIÓN DEL AUTOR: Steeven Johannes Flor Pio, joven de 20 años, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Trujillo (UNT), estudiante de intercambio por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), redactor de artículos en el Diario La Industria de Trujillo.